La práctica de la eutanasia ante el derecho a la vida, por Federico Prieto

"Mantener artificialmente con vida a un moribundo va contra el sentido común y contra el respeto al derecho a la vida humana desde la concepción hasta su fin natural".

752

La eutanasia es un adelanto de la muerte natural, para evitar que el paciente siga sufriendo. No es una muerte digna. Se aplica a pedido del enfermo, que sufre; o a iniciativa del médico, que piensa que ‘así es mejor para todos’. [Muerto el perro, se acabó la rabia, dice el refrán]. Éticamente, va contra el respeto al derecho básico a la vida humana. Es motivada por un sentimiento de compasión ante el dolor ajeno. Las legislaciones de los estados prohíben o permiten la eutanasia, de acuerdo a la mentalidad vigente en los pueblos o la presión de las ONGs interesadas en aplicarlo (En algunos países, hay clínicas que se dedican a la eutanasia).

La medicina ha mejorado mucho en controlar el dolor humano, mediante fármacos y drogas, que se suelen aplicar de manera gradual, para que el paciente terminal puede soportar los dolores de su última enfermedad, y tener una muerte natural digna (medicina paliativa, aún deficiente en nuestro país). Pero evidentemente la farmacia y la medicina no lo pueden todo.

Todos estamos de acuerdo en que se debe evitar dentro de lo posible que el paciente sufra; y nadie tiene el derecho de prolongar la agonía de un enfermo más allá del desarrollo de la enfermedad, conducida con prudencia por el médico tratante, sin demorar ni un minuto más de lo que ocurre en el organismo humano, la llegada de la muerte. Mantener artificialmente con vida a un moribundo va contra el sentido común y contra el respeto al derecho a la vida humana desde la concepción hasta su fin natural.

La humanidad se ha horrorizado cuando un médico, una enfermera, o un administrativo, ha aplicado la eutanasia masiva en una clínica o en un hospital a un grupo de ancianos, adultos, jóvenes, niños o bebés, porque le daba pena verlos sufrir. El argumento para aplicarle penas severas es el asesinato colectivo.

La Iglesia católica respeta el sagrado derecho a la vida humana, porque entiende que nadie tiene la facultad de tomarse la libertad de aplicar la eutanasia a un ser humano, fuera del orden natural, ni con ni sin autorización de la víctima. Muchos médicos optan por provocar un coma inducido a los pacientes terminales para que no sufran, procedimiento que no me atrevo a calificar porque no soy médico ni teólogo. El Catecismo enseña: “Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados (n. 2279)”. Y  “La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla (n. 2278)”.

La Defensoría del Pueblo ha asumido la defensa de una ciudadana peruana enferma con un mal degenerativo incurable que padece desde hace años y desea que se le quite la vida. La Defensoría del Pueblo busca modificar la legislación peruana mediante una sentencia judicial, para abrir la puerta a la legalidad de la eutanasia. Dudo que entre las facultades de la Defensoría del Pueblo esté utilizar este procedimiento fáctico para abordar un tema jurídicamente vetado, moralmente escabroso y religiosamente pecaminoso.