La selva amazónica peruana está de moda, por Federico Prieto Celi

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Los presidentes de Colombia, Bolivia, Ecuador y Perú firmaron el Pacto de Leticia, una ciudad que fuera peruana por siglos, y que pasó a Colombia hará unos noventa años. El mencionado Pacto compromete a los pueblos firmantes a proteger la Amazonía, que compartimos cinco países sudamericanos. Pocos peruanos saben que el 59% de nuestro territorio es selvático, y que en esa tierra, que es parte del gran pulmón del mundo, vive apenas el 11% de la población peruana. En el Vaticano, tendrá lugar del 6 al 27 de octubre un sínodo que se ocupará de la Amazonía. El instrumento de trabajo preparado para el efecto ha dado ya mucho que hablar.

La protección de la Amazonía tiene hoy un aspecto importante: como ha ocurrido en Europa durante décadas en sus bosques, se provocan intencionadamente incendios, con el fin de eliminar las plantas y animales, y convertir esos territorios en tierras de cultivo. Actualmente Colombia, Brasil y Bolivia sufren incendios en sus amazonías. Rusia y Francia han acudido a ayudar a Bolivia, lo que está muy bien. El Perú tiene que estar atento frente a ese peligro.

Fernando Belaunde Terry entendió mejor que los otros presidentes la importancia de la selva y construyó la Carretera Marginal de la Selva, que a su muerte ha sido rebautizada con su nombre. El mantenimiento de esta carretera es una tarea indeclinable del ministerio de Transportes, que tiene carácter prioritario, debido a las lluvias que la afectan constantemente. Lo mismo puede decirse de otras carreteras y caminos.

Pero lo más importante es la población peruana, atendida durante siglos por los misioneros religiosos en lo que se refiere a la doctrina cristiana; y por emprendedores agrícolas, que han trabajado explotando el caucho y otros productos del campo. El estado peruano está presente pero sin duda estos acontecimientos -la cumbre presidencial, los incendios provocados, los estudios eclesiástico, etc- deben ser campanas que tocan a los oídos de los políticos, para estar a la altura de las circunstancias.

No sólo a la gente que vive en estado primitivo, en sus tribus, sino también es necesario proteger las ciudades que tenemos en la selva, desde Iquitos, la más importante, hasta las varias que están en la ceja de selva, hasta Puerto Maldonado, en el departamento de Madre de Dios, que sufre distintos desafíos, como la minería informal, la deforestación informal, la ausencia del estado, etc.

Hay ONGs que se han atribuido tareas concretas y puntuales en todo orden de cosas. A las autoridades gubernativas compete supervisarlas, para ver si sus acciones corresponden a las políticas de Estado o no, y actuar en función de ello. Para adelantar un tema polémico, la protección de la población no significa -ni debe significar- condenarlos a reservas, como se ha hecho históricamente en los Estados Unidos, sino integrarlos a la población peruana, crisol de culturas.

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