La ‘Tía” Muerta

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No es difícil darse cuenta que Tía María ya murió, cayendo por el mismo abismo por el que han caído tantísimos otros proyectos que significaban un importante ingreso económico para el país. Tía María ha muerto y nos recuerda que en nuestro país no reina un sistema de derecho, leyes y representación sino un modelo troglodita donde a punta de piedras, bloqueos y discursos disparatados de izquierdistas que se nutren de la pobreza. Ése último modelo puede terminar por traerse abajo un proyecto que le pertenece a todos los peruanos.

Es una historia repetida, una historia que tiene a todos los peruanos cansados, una historia que nos hace darnos cuenta que basta un peruano para depredar a otro y dejarlo desvalido. Que nos hace darnos cuenta que no podemos trabajar de la mano por temor a que nos la corten.

Resulta que no basta con que el Estado tome todas las medidas para que la mina haga el menor daño posible al ambiente y a la comunidad que la rodeará, y tampoco importan las garantías que las autoridades competentes puedan dar. ¿Por qué? Porque la oposición a la minería es algo automático. Las nefastas fuerzas políticas que sigilosamente encienden estas protestas no operan a través del análisis de lo que tienen al frente; se oponen por oponerse y su medio para traer abajo las cosas es la violencia. No tienen interés de dialogar, tienen el afán de imponer y lo logran ante un Estado desautorizado, sin coraje.

¿Cómo es eso que los alcaldes y dirigentes que encabezan estos movimientos se niegan al diálogo porque su condición de que salga la mina no se cumple? ¿En qué tipo de diálogo se tratan de imponer las cosas? ¿Qué tipo de discusión adulta empieza por las imposiciones de un grupo? ¿Por qué tiene esta gente la capacidad de mantener al Estado peruano secuestrado con sus exigencias? Si patean el tablero, el Estado debe ponerse firme y hacer su propia imposición, especialmente cuando estas ‘negociaciones’ son posteriores a las que ya se hicieron antes, y sobre todo son posteriores a la aprobación del proyecto por parte del Ejecutivo. En otras palabras, las “negociaciones” son una cordialidad que se aleja de ser obligatoria.

En cualquier país civilizado, una vez que el Estado aprueba el proyecto se termina la discusión, por ser esta la entidad capacitada para representar a todos los ciudadanos. En el Perú no es así. Basta con el cierre de una carretera para que el Estado dé un paso atrás, para que se acobarde, para que baje la cabeza ¡Así no es! Si una decisión se tomó por las instituciones democráticas esta se cumple y punto. Aparte, ¿cómo es posible que tantos crímenes sean aceptados con tanta tranquilidad? Se queman buses, se queman edificios, se cierran carreteras (bloqueando el derecho constitucional al libre tránsito), se ataca a la policía. ¿Por qué no hay consecuencias? ¿Por qué los rojitos no salen a chillar así como chillan cuando un policía corrupto le planta un arma a un campesino? Pero sobre todo, ¿por qué la autoridad no se hace respetar? ¿Cobardía pura?

Los peruanos tenemos que acostumbrarnos a aceptar nuestro sistema democrático representativo y dejar de lado esa costumbre salvaje de hacer plebiscitos compuestos de puño y piedra. El Estado, además, tiene que respetarse como autoridad y defender su dignidad.

Difícil, lo sé, especialmente cuando el presidente alguna vez estuvo del otro lado.