Las Bambas desde la mirada de la “anticorrupción”, por Eduardo Herrera

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La anticorrupción se ha ganado, para bien o para mal, un espacio en la realidad mundial. No es una línea constructiva, sino todo lo contrario.

Desde ese balcón, de donde me atrevo a lanzar algunas piedras impunemente y sin ser dueño exclusivo del espacio, me gustaría analizar que veo en el fenómeno social del momento.

Veo en principio un reclamo que no es debidamente canalizado. Ante el silencio, veo una medida, desesperada que, claramente atropella derechos. Entonces se produce un efecto cascada. No escucho tus reclamos y no los atiendo (ni entiendo); un dilema ético (no de corrupción, aún). Hay que aclarar que no estoy diciendo que el reclamo sea justo necesariamente.

La medida desesperada involucra un problema ya con más tintes de corrupción, en el sentido no legalista del término. Como no escuchas mis reclamos te meto un puñete y si tengo que pegarle a alguien más en el camino, no me importa. Eso es pasar por encima de la Ley (ojo no norma legal) para un beneficio personal. Eso es una forma de corrupción.

Todo este panorama da pie al mercado de corrupción. Personajes, casi siempre los mismos, que viven impulsando la “protesta social” rentada. Buscan lucro, más que aquel que dicen combatir. Abogados generalmente que actúan como mediadores persiguiendo sus “lentejas”; aquí no hay lonche gratis, no hay ad honorem, todos buscan algo. Eso también es corrupción.

La respuesta es siempre la misma. Un sistema de Justicia laxo y reactivo, acaso débil y generoso para no crispar la negociación. El colegio profesional de los abogados, como siempre, ausente. Un clásico de la corrupción. Todo esto también azuzado, muchas veces, por empresas extractivas que, lejos de hacer verdadera responsabilidad social, abren la billetera y generan un mercado de apetencias rentadas. Al final, como el ajustador sabe que tienes billete, pierdes.

La historia es repetida, casi como un calco del evento anterior y los futuros. No hace falta coimear a un funcionario público para que exista corrupción.

Vivimos, desde la reciente historia republicana, hablando de conflictos -activos y latentes- un país paralizado que necesita generar riqueza y desarrollo a gritos. Un mendigo sentado en un banco de oro que tiene que pagar “cupo” para que no lo boten del sitio.