Las Fuerzas Armadas en la lucha contra la pandemia, por Federico Prieto Celi

616

En un excelente y completo análisis de la crisis del coronavirus en el Perú, el almirante en retiro Jorge Montoya se ha referido a la crisis en relación a la seguridad nacional: se trata de un “enemigo microscópico pero peligroso”, por lo que considera un error del gobierno no aplicar la ley del sistema de seguridad y defensa nacional, que implica que el jefe del comando conjunto de las Fuerzas Armadas prepare un planteamiento para disminuir las posibilidades de contagio, minimizar las bajas y establecer un control territorial efectivo.

Para no llorar sobre leche derramada, me parece que hay dos objetivos puntuales que todavía ahora se le puede y debe encargar a las Fuerzas Armadas, en el contexto del sistema de seguridad y defensa nacional: solucionar el tránsito de ida y vuelta de personas en todas las fronteras del territorio nacional; y manejar las migraciones de Lima a las regiones de la mejor manera posible. Me parece que ambos objetivos están haciendo agua por todas partes.

No se trata de usar de la fuerza de las armas mediante acciones forzadas sino de elaborar y llevar a cabo una estratégica logística, tan bien conocida por los militares, para comprender las razones por las cuales la gente migra, ya sea de otros países al nuestro, ya sea de la capital a las provincias: el hambre y la soledad, y cumplir el cometido propuesto. Lo peor es la inactividad del estado que provoca campamentos donde no se alimenta a la gente, se contagian unos con otros, las autoridades sanitarias se equivocan haciendo pruebas inútiles, y la ansiedad cunde en el país.

Si 300,000 peruanos quieren ir a los pueblos donde nacieron, dejando la capital, hay que actuar con rapidez, hay que darles la razón, hay que separar con pruebas válidas a los sanos de los enfermos, y de paso se conseguirá que la población peruana no se concentre en Lima y Callao, un objetivo de valor permanente.

De otro lado, se comprende que los alcaldes de los pueblos se nieguen a dejar que los hijos pródigos ingresen de cualquier manera, sin un certificado de salud válidamente emitido, para que no sean portadores de la fatídica enfermedad. El desafío, pues, es doble: que puedan salir de Lima y que dejen ingresar a los sanos a sus pueblos.

Ahora bien, no pueden ir andando. Está bien que cuenten que el mariscal Ramón Castilla viniera de Buenos Aires a Lima a pie, pero sin duda cuando podía venía a caballo, en carroza, o Dios sabe cómo, para no agotarse y ganar tiempo. En nuestros días, las Fuerzas Armadas pueden trasladar a los migrantes en sus vehículos de aire, mar y tierra, y acudir a los ajenos -con el pago debido- para hacer realidad este cometido.

Como dice el almirante retirado Jorge Montoya “en el país solo existe una organización para asumir el control de una situación como la actual que es lo más parecido a un estado de guerra y es el conjunto de las Fuerzas Armadas” que además tiene una “organización territorial” que “le permite actuar en cualquier parte del territorio nacional”. Cáceres, militar brillante, se equivocó como presidente-político; Piérola, excelente ministro de Hacienda, se equivocó haciendo de presidente-militar.

Aprendamos las lecciones de nuestra la historia republicana.

 

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.