Las libertades de la caricatura política, por Christabelle Roca-Rey

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Hace unos días, la Corte de casación francesa se pronunció luego de una batalla judicial de siete años, en la cual la lideresa de ultraderecha Marine Le Pen había acusado a un programa de televisión de mostrar una caricatura de la revista Charlie Hebdo, en la cual ella aparecía identificada como un excremento. A pesar de reconocer que hubo agravio, la corte consideró que la difusión de la caricatura “no sobrepasaba los límites admisibles de la libertad de expresión”. Este fallo demuestra una vez más la facilidad que tiene la caricatura para transmitir ideas que serían consideradas inaceptables si fueran puestas por escrito.

Bajo el pretexto de ser una ficción, o incluso un simple dibujo de humor político, informal e intrascendente, la caricatura tiene licencia para transmitir ideas que un periodista serio de prensa escrita no podría siquiera imaginar. Sin necesidad de tener que argumentar o justificarse, la caricatura logra atacar la reputación y las acciones de las figuras que representa. Su objetivo como explica el dibujante estadounidense Bill Mauldin es “rodear y apuñalar, rodear y apuñalar”.

Si hacemos un repaso a la historia contemporánea de la caricatura peruana, encontramos a un Francisco Morales Bermúdez tomándose un whisky y disfrazado del Almirante Miguel Grau, a un Fernando Belaunde Terry como un aristócrata en la luna o sentado sobre las nubes, a un Alan García como asaltante de bancos, a un Alberto Fujimori disfrazado de geisha, a un Alejandro Toledo como el personaje de Pinocho, a un Ollanta Humala bajo los comandos militares de Nadine Heredia y a un Pedro Pablo Kuczynski como un Superman fallido.

Mientras que los periodistas de artículos escritos desarrollan argumentos y necesitan corroborar fuentes para evitar querellas por difamación, los caricaturistas exageran rasgos, asocian elementos inesperados y juegan con la realidad. A pesar de estos elementos de ficción, la caricatura no deja de ser una columna de opinión que busca convencer tanto como el editorial de un diario. Y por lo tanto el caricaturista es también un periodista, aunque sus ideas políticas las plasme a través de la visualidad y se requiera solo de unos cuantos segundos para entenderlas.

Estas libertades hacen que la caricatura sea un importante espacio de opinión, y por lo tanto sea clave para los periódicos y revistas que emiten juicios sobre los hechos de la actualidad. Si consideramos además que los lectores recurren a estas representaciones simplificadas para entender los asuntos políticos complejos, queda claro por qué la caricatura es una poderosa arma de comunicación.

La Tribuna. 1ero de agosto de 1968.

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