Lecciones de Mandarín

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Nos bajamos del bus de turistas por primera vez en un concurrido mercado local y lo primero que sucedió fue que dos hombres se nos acercaron y entre risas nerviosas nos preguntaron en mandarín (y el universal lenguaje de señas, obviamente) si se podían tomar una foto con nosotros. Muy lejos de ser celebridades locales en China, mis compañeros de clase y yo hemos observado similares muestras de alegría por parte de las personas de Chongqing al recibirnos. Halagos (en mandarín, de nuevo), abrazos, y sobre todo genuinas y grandes sonrisas al vernos podrían resumir mi interacción con las personas de Chongqing al término de mi segundo día en esta ciudad.

Luego de casi 20 horas de viaje y una diferencia horaria de 13 horas, llegué a Chongqing, China, como parte de un programa de inmersión global dentro del MBA en el cual trabajaremos durante una semana desarrollando un proyecto de mejora en una empresa local. La idea de este programa es desarrollar en nosotros, los alumnos, nuestra inteligencia cultural, experimentando trabajar con clientes y mercados ajenos a nuestra propia cultura, con todos los retos que esto implica. Así como a mí me tocó venir a China (junto con cerca de 40 estudiantes más), otros compañeros están trabajando en Malasia, Indonesia, Vietnam, Sudáfrica, Marruecos, Turquía, Brasil, Perú, entre otros.

Me imagino que como yo, cuando uno viene a visitar China en general, trae muchas ideas preconcebidas y expectativas, no necesariamente sustentadas, de lo que va a experimentar en este icónico país. Es mi primera vez aquí y aún no conozco Beijing o Shanghai, pero probablemente la mayoría de los estereotipos que tenemos en el resto del mundo se basan en ciudades como las antes mencionadas, las más turísticas. Chongqing no es muy turístico. Siendo una de las ciudades más grandes y una de las protagonistas de la industria automotriz en China, con una economía que en sus inicios se basó principalmente en la agricultura, esta ciudad presenta contrastes muy marcados entre lo moderno y lo tradicional, debido a su reciente crecimiento acelerado.

Muy al margen del impacto que esto tiene en el paisaje urbano, estoy ya experimentando algunos retos en mi experiencia académica y cultural, debido a que estamos en una ciudad que aún no alcanza el nivel de exposición global de sus hermanas mayores. El primero (el mas obvio) es por supuesto el lenguaje. Nunca en mi vida había visitado una ciudad donde realmente siento que no puedo comunicarme. Claramente el mandarín no se parece en nada a ningún idioma que yo conozca, tampoco esperaba entenderlo; la diferencia es que casi siempre que he viajado, es muy fácil encontrar a algún local que hable inglés y así logro comunicarme al menos a un nivel de supervivencia. Acá muy poca gente habla inglés. En lo que corresponde al proyecto, no hay mayores problemas de comunicación con nuestro cliente; sin embargo, hay pequeñas cosas del día a día que se vuelven grandes hazañas cuando no conoces el idioma en lo absoluto. Cosas como ordenar comida en un restaurant o pedir direcciones en la calle se han vuelto muy difíciles. Hace algunos minutos, mientras escribía esto, se apagó la luz en todo el hotel. Llamo entonces a recepción a preguntar que pasó y la persona que me contesta solo me dice “lo sentimos, lo vamos a arreglar”. Cuando le pregunto si se trata de un problema generalizado en la ciudad o en todo el hotel me vuelve a decir entre risitas nerviosas “lo sentimos, lo vamos a arreglar”. A los minutos, siento que vuelve a funcionar el aire acondicionado sin embargo las luces no prenden. Cuando me doy cuenta que la llave que activa las luces del cuarto no está haciendo contacto, llamo a pedir un técnico. La persona que viene a ayudarme tampoco habla inglés. Trato de explicarle en inglés y señas lo que estaba pasando con la tarjeta, y el me responde en mandarín, con cara de que espera una respuesta a lo que me acababa de decir, tanto como yo esperaba que me arregle la luz. “I don’t speak Chinese… no Chinese” – le digo. Estoy casi segura que no entendió porque llamó a alguien más y me pasó el teléfono (también me hablaba en mandarín). Luego de varios minutos de hablarnos el uno al otro en dos idiomas que no tienen nada en común, no me quedó mas que hacerle una seña indicando que estaba bien y decirle una de las pocas cosas que he aprendido, “Xièxie”, que significa gracias. Felizmente, luego de unos minutos la tarjeta comenzó a funcionar de manera espontánea.

Otro elemento anecdótico, por ejemplo, son los baños. No voy a ser muy gráfica en esto punto, pero diré que el único lugar donde hasta el momento he encontrado inodoros como los conocemos en Perú es en mi cuarto del hotel. El resto de baños están equipados con los inodoros tradicionales de China (buscar en Google: inodoro oriental). Creo que no tengo que dar muchas explicaciones luego de que vean el diseño para afirmar que ir al baño se convierte también en un logro importante para nosotros los turistas, dadas estas condiciones. Nuestro guía nos dice que desarrollar un plan para equipar la ciudad con inodoros occidentales está en la agenda, buscando satisfacer mejor las necesidades de la creciente demanda de los turistas.

Si bien son pequeños detalles, creo que tanto su sorpresa ante nuestra apariencia, y las fuertes diferencias de costumbres y lenguaje, son particularidades que sólo se observan en una ciudad que aún no ha estado expuesta a muchas otras culturas. Si bien estos retos dificultan a veces la interacción entre las personas, creo que hacen de esta experiencia realmente única y real, en la medida que puedo conocer la verdadera personalidad de una comunidad que aún no ha sido profundamente influenciada por las costumbres occidentales.