Legisladores inexpertos y la “conexión electoral”, por Alonso Barnechea

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David R. Mayhew, politólogo estadounidense, realizó una de las mayores contribuciones al estudio de la democracia cuando introdujo el concepto de la “conexión electoral” en la década del setenta. Esta plantea que el interés de los políticos en ser reelectos otorga a los ciudadanos un mecanismo efectivo para exigirles que rindan cuentas sobre sus respectivas gestiones. El fundamento es simple: un desempeño deficiente será castigado en las urnas con la revocación del cargo público.

En la última década, la tasa de reelección congresal inmediata en nuestro país es de apenas 18%. Sólo una región, Lima, donde en promedio un tercio de los parlamentarios son reelectos de una legislatura a otra, es responsable de cerca de la mitad de este porcentaje. En los otros 25 distritos electorales la reelección es un fenómeno esquivo. Tal es así, que en ocho de ellos (Amazonas, Apurímac, Cusco, Huánuco, Pasco, Tacna, Tumbes y Madre de Dios) ningún legislador fue reelecto de forma consecutiva.

¿Mayhew tenía razón? Parece que sí. Las encuestas de opinión sistemáticamente señalan al Congreso de la República como una de las instituciones en las que los peruanos menos confían (hoy la desaprobación del fuero legislativo se ubica en 74%[1]) y, en respuesta, sus integrantes no son reelectos.

Sin embargo, pasamos por alto los beneficios que acarrea reelegir a un legislador en el cargo. Cualesquiera sean los motivos, rechazamos las carreras parlamentarias de larga duración (el 68% de la población votaría a favor de la no reelección inmediata de congresistas[2]). Pero este no es el caso en otras profesiones. Parafraseando al científico político colombiano Felipe Botero, cuando requerimos atención médica, buscamos al mejor doctor. Por lo general esto significa alguien con mucha experiencia. Lo mismo cuando solicitamos asesoría financiera. Es sólo cuando tenemos que decidir quién debe dictar nuestras leyes –una interrogante tan o más importante que las anteriores– que nos parece deseable encomendar tal responsabilidad a un neófito, una cara nueva, alguien con “frescura”, cuando, en realidad, un congresista novato carece del conocimiento necesario para negociar la aprobación de una ley o fiscalizar adecuadamente al Presidente de la República. Nuestros congresistas así lo demuestran: 73% de ellos son parlamentarios primerizos[3].

Solemos justificar este razonamiento con premisas como “el nuevo no puede ser peor” o “mejor un inexperto que un corrupto”. Está lógica es comprensible, pero es errada. Lo cierto es que venimos eligiendo políticos principiantes sostenidamente y nuestra animadversión hacia el Poder Legislativo es cada vez mayor. Además, nada garantiza que los nuevos legisladores no incurran en los mismos comportamientos desdeñables que sus antecesores.

Las herramientas y el vínculo con el elector que el congresista en el cargo adquiere a lo largo de su gestión no garantizan una representación política de calidad, pero sí parecen ser necesarias para que ella tenga lugar.

[1] Ipsos, Opinión Data – 19 de noviembre del 2018

[2] Ipsos, Opinión Data – 19 de noviembre del 2018

[3] Infogob, Reporte N°9 Serie EG 2016

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