Libros y viajes, por Angello Alcázar

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Cinco de la tarde. Cuarenta metros bajo tierra. El vagón tiembla, las luces de los túneles parpadean como luciérnagas, en la pantalla aparece el nombre de la siguiente estación, y la noticia de una clausura por motivos de infraestructura (ojo: «ajenos a la compañía») que hasta ahora no me he tomado la molestia de leer hasta el final. Miro alrededor, estudio brevemente los rostros de los otros pasajeros. Cada uno está en su mundo. Para variar, un puñado de ellos tiene los ojos pegados a sus celulares, y hay un par de viejecitas renegando por lo caras que se han puesto las patatas. Sin embargo, la gran mayoría —y me incluyo— lee. A ratos, procuro apartar la mirada de mi libro y pasar revista de los títulos que se despliegan como fila india frente a mí: El conde de Montecristo, La colmena, El amante japonés, El capitán Alatriste, Tú no matarás, Cincuenta sombras de no-sé-qué, entre otros. Hay de todo. Pero hay. Y ese solo hecho es un buen síntoma.

Todo esto ocurre en el metro de Madrid, pero tranquilamente podría ser el de París, Londres, Berlín o Nueva York. Ciudades en las que no es nada inusual encontrar a alguien leyendo en el transporte público. Razones seguramente las hay por montones, pero lo cierto es que para muchas personas leer libros es una de las mejores cortesías de los viajes. Y no es para menos. Porque, en realidad, no se me ocurre una mejor manera de viajar (sin importar la duración del trayecto) que hacerlo en compañía de libros. Hay algo, pues, en el hecho de transportarnos de un punto a otro que se asemeja al viaje en la imaginación que supone leer un libro de principio a fin. De pronto, ya no estamos en ese bus o ese tren, viendo las cuadras o los tejados de todos los días, sino que nos trasladamos, si quiera por unos minutos, al París que retrata Alfredo Bryce en La vida exagerada de Martín Romaña (1981), al Nueva Jersey convulso que pueblan los personajes de Philip Roth, o a los parajes nigerianos que recorre el intrépido Okonkwo en Todo se desmorona (1958) de Chinua Achebe. La literatura se nos presenta como una suerte de subterfugio; una vía de escape, si se quiere, de la sensación de frustración que nos depara la vida diaria. A propósito de esto, recuerdo un relato magistral de Benito Pérez Galdós, «La novela en el tranvía», en el que un viaje en tranvía por el Madrid de finales del siglo XIX se torna rápidamente en un viaje de la realidad a la fantasía, de manera similar a lo que ocurre con la travesía al sur que emprende Juan Dalhmann, el secretario de biblioteca que protagoniza «El Sur», acaso uno de los cuentos más logrados de Borges. Así, viajar y leer parecen ser dos actividades hechas la una para la otra.

Si bien la situación de la lectura en el Perú ha presentado mejoras notables, todavía hay muy poco que celebrar. Una encuesta del Instituto de Opinión (IOP) de la PUCP, llevada a cabo en el 2015, reveló que tan solo el 15.5% de los peruanos lee de manera cotidiana y que el 80% jamás pone un pie en una biblioteca. El año pasado el Ministerio de Educación dio la noticia de que la tasa de analfabetismo se había reducido del 7.1% al 5.9%, pero que aun había alrededor de un millón y medio de personas que no sabía leer ni escribir. Asimismo, el último informe del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) arrojó luces sobre la pésima comprensión lectora de nuestros estudiantes, ubicándonos en el último puesto a nivel mundial.

De otro lado, es innegable que la falta de bibliotecas municipales en óptimas condiciones, la inseguridad ciudadana, los elevadísimos precios de los libros —una problemática que podría agravarse con la famosa «Ley del Libro»—, y el desencanto con la literatura en las últimas generaciones (mucho más cautivadas por las pantallas y los videojuegos que por los libros), también dificultan la consolidación de una cultura lectora. No obstante, cada año cientos de miles de personas asisten a la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL) —la cual arrancará en unos días, esta vez con una edición que tiene como invitado de honor ya no a un país, sino al «Universo Vargas Llosa»— y gastan cientos de soles en libros. Además, tampoco podemos pasar por alto que hay un grupo creciente de jóvenes —y no tan jóvenes— entusiastas de la lectura que acuden a bibliotecas y librerías, leen en el transporte público e incluso participan en eventos literarios y culturales con cierta regularidad. Como dice Vallejo en uno de sus versos más célebres: «Son pocos; pero son».

A fin de cuentas, más que el momento y el lugar, lo que importa es que se lea. Que se lea y, de preferencia, que sea lea la buena literatura. Porque no hay experiencia más rica que la de vivir varias vidas y ensanchar los horizontes de la realidad cotidiana a la que estamos confinados. Sobre todo, si lo hacemos a través de esos libros que, desde su condición de ficciones, son capaces de hacernos trascender nuestra condición perecedera, y, en muchos casos, de cambiarnos la vida.

Hora indefinida. 12, 800 metros sobre el nivel del mar. Afuera, un mar de nubes interminable. Abajo, el Atlántico. Comienza a sentirse la turbulencia. Estoy regresando a Lima, luego de casi cinco meses de ausencia. En el compartimiento de arriba tengo un carry-on repleto de libros por el que la aerolínea me hizo todo un embrollo antes de abordar. Antes de comenzar a escribir este artículo terminé una novela de ciencia ficción que Rosa Montero me firmó en la Feria del Libro de Madrid (muy buena, por cierto). Miro la pantalla: todavía faltan unas seis horas para llegar al Jorge Chávez. Saco otra novela de la maleta —mucho más gorda que la otra—, ante las muecas de perpetuo fastidio que hace mi vecina, una catalana entrada en carnes que se acomoda en el asiento cada dos por tres. Es una obra cuya relectura he postergado demasiado tiempo, quizás más por miedo que por falta de tiempo (recuerdo que mis primeros intentos fueron fracasos rotundos). Empieza así: «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…».