Límites y capacidades de la libertad individual, por Enrique Banús

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Cuando un futbolista comete una falta, suele levantar los brazos como diciendo: “Yo no he sido”. Cuando en una casa se rompe algo, el niño de la casa de inmediato dice: “Yo no he sido”. Esta semana, en el trabajo, algo pasó: se retrasó un paso determinado en un proyecto. Al preguntar a la persona encargada de ello, de inmediato contestó: “No es culpa mía”.

En 1486, el humanista italiano Giovanni Pico della Mirandola escribió un texto que se suele conocer como “Discurso sobre la dignidad del hombre”. En él dice que Dios, una vez hubo creado todos los animales, decidió crear también al hombre. Pero se dio cuenta de que ya había distribuido entre los animales todos los dones. Al hombre sólo pudo darle la libertad. La libertad de ser lo que quisiera ser; y sigue un gran canto a la libertad o, más exactamente, a las posibilidades del ser humano al realizar esa libertad: puede ser lo que se proponga, puede quedarse en lo más bajo, ser como un vegetal, o ascender a lo más alto, sobrepasar incluso a los ángeles.

Hace unas semanas sucedió un hecho muy lamentable, muy penoso. Cuando el helicóptero del primer ministro Cateriano había aterrizado, en una visita al norte del país, se le acercó una joven que quería entregarle una carta intercediendo por un hermano suyo preso. Por el polvo, por la niebla, por lo que fuera, no se dio cuenta de que el rotor seguía en movimiento y murió en el acto. Empezó la búsqueda de culpables y un juez detuvo durante veinticuatro horas al piloto y otros miembros de la tripulación.

Sucedió hace semanas también otro hecho doloroso: la muerte de tres personas perdidas en la sierra de Piura. Murieron exhaustas, por el frío y la inanición. Pasaron cosas muy extrañas (como los comuneros que retuvieron durante veinticuatro horas a quienes habían ido a buscar ayuda y los azotaron porque colaboraban en un proyecto de una minera). “A mi hermano me lo mataron, porque se lo llevaron sin estar preparado”, declaró el hermano de una de las víctimas, un hombre de 41 años que iba en la expedición como cocinero.

En el primer caso es probable que hubiera negligencias; en el segundo parece casi seguro que las hubo, pero, ¿no estaremos minusvalorando la libertad y sus consecuencias? Es muy comprensible que el hermano de una persona fallecida en circunstancias tan tremendas pronuncie esas palabras; es menos comprensible que un juez viera motivos (así lo declaró) para detener a esa tripulación. Pero, ¿no estaremos cultivando demasiado el “yo no he sido”? Eran las víctimas una chica de 20 años y un hombre de 41 años. Y toda la pena por esas vidas truncadas, por esas familias en circunstancias muy dolorosas (y la historia familiar de la chica fallecida en el accidente del helicóptero es realmente muy triste) no debería dejar de lado la libertad y sus consecuencias.

Hace ya bastantes años (supongo que habrá cambiado la situación), un amigo mío alemán que trabajaba en la cooperación internacional fue a visitar una cárcel en México. Allí, junto a los detenidos, en una celda encontró una vaca, en otra, una piedra. Habían provocado accidentes de tráfico, en que murieron personas -estaban en medio de la carretera- y, según el derecho vigente entonces, merecían ser detenidos.En cambio, de pura circunstancia atenuante, hay criminales que en pocas horas tras su detención están en la calle.

En agosto, un tribunal alemán condenó a un padre a pagar el tratamiento de las víctimas de un tiroteo desencadenado por su hijo de 17 años. En 2009, éste había entrado disparando en su antiguo colegio. Mató a 15 personas antes de suicidarse. Ahora, su padre debe devolver a la compañía de seguros el coste del tratamiento de los sobrevivientes. Pueden ser unos setecientos mil euros. Su hijo utilizó un arma que su padre, tirador deportivo, había dejado en un lugar abierto de la vivienda.

El tribunal reconoce las consecuencias de la libertad.

La grandeza del ser humano está en su libertad. De nada sirve decir: “Yo no he sido”. No estamos ya en el Renacimiento y el optimismo de Pico de la Mirandola. Sabemos del peso de las circunstancias. Pero al final, una sociedad, un país, el bien y el mal sigue dependiendo de que usted deje o no bajo llave su rifle.