Lo que se juega el Perú, por Raúl Bravo Sender

"Muchos ven peligrar sus privilegios y prebendas en estas elecciones. En efecto, existe un sector de la política interesado en mantener –e incrementar- al presupuesto público, del cual precisamente viven".

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Este domingo 11 de Abril se celebrarán las elecciones generales. La última semana escuchamos a los candidatos presidenciales en un debate con un formato peculiar en el que se han dicho de todo, menos propuestas. O si las hubo, fueron mínimas y no explicaron el cómo lograrán lo que ofrecen.

¿Qué se juega el Perú en este proceso electoral? El contexto es especial, pues celebramos el bicentenario patrio. Pero la coyuntura de la pandemia del covid-19 nos ha colocado en una situación de emergencia en la que nos hemos debatido entre la vida o la economía. Reflexionaremos algunas ideas en torno a estas polarizadas elecciones.

Elegiremos entre 18 candidatos presidenciales, lo que evidencia la alta fragmentación social, política y económica que prevalece en nuestro medio. Y según los sondeos de las encuestas ningún candidato alcanzaría mayoría en primera vuelta electoral, lo que forzaría a un ballotage entre las dos primeras minorías.

Recordemos que, en las recientes segundas vueltas, desde el 2001 se aprecia que gana quien se coloca en el centro, desplazando a los extremos (derecha-izquierda) a sus contendores. Haya de la Torre y Vargas Llosa fueron candidatos que, en sus respectivas oportunidades, asumieron posturas extremistas y radicales. Quizás a ello se deba el que no las ganaron. Pero terminaron marcando la agenda de las reformas que se implementaron con posterioridad. Hoy tenemos candidatos que oscilan entre la extrema derecha y la extrema izquierda, además de los respectivos matices. ¿Qué tan peligroso puede ser que gane una opción radical?

Las actuales elecciones, que tienen como antesala el enfrentamiento entre los poderes del Estado, están altamente polarizadas. En ese sentido, no nos olvidemos de la composición del próximo Congreso, pues todo parece indicar –según las proyecciones- que ninguna agrupación política lograría mayoría parlamentaria, creando así las condiciones de más enfrentamiento entre Ejecutivo y Legislativo. En ese sentido se proyecta un escenario de ingobernabilidad por la fragmentación política y la atomización. Todo dependerá del uso razonable por parte de los actores políticos de los mecanismos del sistema de pesos y contrapesos previstos en la Constitución.

Hoy, el Perú se juega muchas cosas. Se ha planteado que una nueva Constitución sería la solución a los problemas nacionales. Pero quienes proponen un cambio constitucional no nos dicen cuál sería su contenido. No se trata de dar un salto al vacío. Suelen compararse las Constituciones del ´79 y del ´93, en el sentido de que la primera fue producto de un consenso democrático y la segunda de una dictadura. Al margen de ello, la vigente Carta Magna sentó las bases de las reformas económicas que dieron frutos y de los que hoy estamos gozando.

En efecto, si hoy el gobierno dispone de recursos y puede gastar miles y millones de soles, ello se debe a las reformas de desregulación del mercado y de apertura comercial de los ´90, que incrementaron la inversión privada, la generación de trabajo y riqueza, con la consecuente reducción de la pobreza y el aumento de la recaudación tributaria. Pero el programa también se basó en la disciplina fiscal y en el retiro del Estado del ámbito económico, cumpliendo básicamente un rol subsidiario.

Sin embargo, quienes proponen más Estado y más gasto público se olvidan que antes de redistribuir la riqueza hay que crearla. Dicha labor no corresponde al Estado sino al sector privado que, en realidad, somos todos, con el esfuerzo de nuestro trabajo. Pero para crearla se requieren de ciertas condiciones de libertad. Al Estado únicamente le compete garantizarlas con un marco legal estable e igualitario para todos.

Muchos ven peligrar sus privilegios y prebendas en estas elecciones. En efecto, existe un sector de la política interesado en mantener –e incrementar- al presupuesto público, del cual precisamente viven. Sería el fin de sus millonarios contratos de asesorías, publicidad estatal y concesiones amañadas. Por el contrario, la solución a los problemas del Perú atraviesa por más mercado y menos Estado.

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