Los años 10, por Angello Alcázar

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Por Angello Alcázar

Desde la mesita del café al que he venido en esta sofocante tarde de verano limeño, me detengo a ver la bahía como no la he visto en mucho tiempo. Un verde intenso serpentea los acantilados a lo largo de varios kilómetros, interrumpido cada cierto trecho por unas mallas que impiden (pretenden impedir) la caída de las rocas. A lo alto, entre nubes de gaviotas, unos cuantos parapentes dan vueltas como aves de carroña. En la orilla se puede distinguir a unos surfistas que se preparan para batir las olas del Pacífico, rodeados de gordas que se broncean y niños empeñados en construir castillos de piedra, a falta de arena. No muy lejos, en el Parque del Amor, unas parejas aguardan el sunset para devorarse a besos, ante las miradas de otras que evocan viejas glorias.

Todo se ve tan apacible, tan atípico de esta ciudad caótica en la que nací y crecí, que de pronto me digo que mi estancia deberá ser tan larga como la del verano recién inaugurado. Pero ni modo, sé que dentro de un par de semanas tendré que abordar —cual esquimal que regresa a su iglú— el avión que me llevará de nuevo a las lindes del Ártico, a reanudar el crudo invierno del que he escapado. Solo ahora, mirando el atardecer, sentado en este cafecito miraflorino, caigo en la cuenta de que cuando me encuentre bajo la nieve ya habrá iniciado no solamente el 2020, sino también una nueva década. Y entonces los años 10, al igual que sus predecesores, pasarán a formar parte de lo que se conoce como Historia.

Las secuelas de la crisis económica del 2008, la Primavera Árabe, la catástrofe de Fukushima, el Brexit, la Guerra civil siria, el conflicto ruso-ucraniano, los dos gobiernos de Obama y la inesperada victoria de Trump, el rebrote de los nacionalismos en Europa, la muerte de Hugo Chávez y el fiasco de la Venezuela de Maduro, el escándalo de Odebrecht, las trifulcas provocadas por las fake news, Bolsonaro, la peor crisis política en Chile desde la dictadura de Pinochet, la disolución constitucional del Congreso en el Perú, el movimiento #MeToo, y un largo etcétera, pueblan las páginas de la década que está por llegar a su fin.

Desandar lo andado, volver tras nuestros pasos, reconocernos en el ininterrumpido trajín de la vida que continúa a pesar de nosotros, jamás resulta una tarea sencilla. De hecho, con frecuencia nos perdemos en el marasmo de lo cotidiano y nos decimos que ya habrá tiempo para esos detalles. En uno de sus cuentos, Borges escribe que “cualquier vida, por larga y complicada que sea, en realidad consiste en un solo momento: el momento en que un hombre sabe para siempre quién es”. No en vano decía Abraham Lincoln que no sabía quién era su abuelo y que, a decir verdad, le interesaba mucho más saber quién sería el nieto del mismo. ¿Qué nos dicen estos 10 años sobre nosotros? ¿Dónde estábamos cuando empezaron y dónde estamos ahora que están a punto de concluir? ¿Dónde estaremos dentro de 10 más? ¿Estaremos?

A menudo recomiendan elaborar listas de las cosas que queremos incorporar a nuestras vidas, así como de aquellas que quisiéramos dejar atrás. Me pregunto si cambia algo el hecho de que ahora nos proyectemos ya no en un nuevo año, sino en una nueva década. Sin duda, pensar en un antes y un después se ha convertido en un ritual que muchos practican religiosamente a fin de año. Desde el siglo XVI basamos nuestra noción del tiempo en el calendario gregoriano, imponiéndonos desafíos y amonestándonos si es que no los llevamos a cabo dentro de los plazos que encajan en ese rompecabezas temporal. Sin embargo, pronto descubrimos que la obsesión con lo que viene casi siempre suele darnos tantas insatisfacciones como la sombra del pasado, y que, por lo general, le va mejor al que ha aprendido el arte de vivir el presente con ligereza.

A este respecto, siempre me ha llamado la atención cómo, dentro de la cosmovisión de los aimaras, el futuro no existe, o más bien está detrás de nosotros, como una terra incognita. Y, en cambio, al pasado lo tenemos de frente, como el sol que, salga o no salga, sabemos que está ahí, lanzando sus destellos a la distancia. Un sol como éste al que ahora mismo se lo está tragando el mar, como a una hostia partida a la mitad, aquí, en la bahía de Lima, Perú, el último domingo de los años 10.

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