Los crímenes de una sociedad enferma, por Alfredo Gildemeister

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Aquel 3 de agosto de 1941, el obispo de Münster Clemens August Graf von Galen subió al púlpito de la Iglesia de San Lamberto y vio que la Iglesia estaba llena hasta los topes de feligreses. Se vivía el régimen nazi de Hitler en todo su apogeo. Von Galen había venido denunciando valientemente los abusos y violaciones de derechos humanos del régimen de Hitler y ya la Gestapo lo tenía fichado y bajo seguimiento. Sin embargo, von Galen no se callaba. Seguía adelante denunciando valientemente desde el pulpito todos los domingos, lo que venía sucediendo en su querida patria Alemania. Pero no pudo más cuando tomó conocimiento del Plan de Hitler denominado “T4”. Un plan de exterminio que hasta el momento había matado a miles de personas en Alemania y que había sido mantenido en secreto por los nazis. Se trataba de un plan de aniquilamiento de todo ciudadano alemán que naciera defectuoso o con alguna enfermedad congénita, ya que, de acuerdo con el plan de la nueva Alemania, la raza aria debía ser perfecta. No se admitía ningún ciudadano alemán que no fuere racialmente y anatómicamente perfecto. El Plan T4 también incluía la desaparición de alemanes ancianos y adultos mayores que presentasen enfermedades terminales o que ya no fuesen útiles al Reich Alemán.

¿Qué había sucedido? Pues que von Galen había sido informado de que algunos enfermos de la casa de salud Marienthal (un enorme manicomio provincial que se encontraba en Münster, tenían que ser trasladados fuera de Westfalia para ser asesinados. Así como la de Münster, existían en Alemania muchas casas de salud con el mismo objetivo: depurar Alemania de alemanes defectuosos. Al saber de esto, von Galen había interpuesto una denuncia en la Policía del Estado, al gobernador general y a la Abogacía del Estado. Sabía, además, que muchos padres de familia habían recibido sendas invitaciones del gobierno de carácter obligatorio, para un “tratamiento gratuito” a sus hijos recién nacidos o en plena niñez, en diversas casas de salud ubicadas en Alemania. La opinión de los padres no interesaba. Luego que sus hijos habían sido llevados e internados en dichas casas de salud, los padres recibían a las dos semanas, una carta en la que se les informaba que lamentablemente sus hijos habían fallecido de “pulmonía” o de “tuberculosis”. Curiosamente, todos los padres de familia recibían las mismas cartas anunciándoles la muerte de sus hijos y por las mismas causas. De allí que la indignación del obispo era enorme. Ese domingo sus palabras cayeron como truenos sobre los feligreses: “En nombre del recto pueblo alemán, en nombre de la majestad de la justicia y en interés de la paz… levanto mi voz, y en voz alta, como alemán, como ciudadano honesto, como representante de la religión cristiana, como obispo católico, yo grito: ‘¡pedimos justicia!’”. Y recordando a tantos no nacidos que fueron abortados y a los nacidos con defectos o con enfermedades congénitas, asesinados vilmente por el régimen, proclamó alzando fuertemente la voz: “Ahora son asesinados, bárbaramente asesinados, inocentes indefensos… nos encontramos ante una locura homicida sin igual… ¡Con quienes entregan personas inocentes, que son hermanos y hermanas nuestros, a la muerte…”! El pueblo alemán, cristiano o no, acogió estas palabras con enorme reconocimiento. Fueron reproducidas y difundidas por todo el mundo. Radio Moscú, la BBC de Londres, etc. las difundieron y el mundo supo lo que sucedía en Alemania con los niños y recién nacidos defectuosos “tratados” en estas “casas de salud” que más bien constituían casas de la muerte. Valga la aclaración que estamos hablando de asesinatos de niños y ciudadanos alemanes. Aún Hitler no había comenzado a implementar su “Solución final” sobre los judíos y el asesinato en los campos de la muerte de éstos.

Hoy, ante el vil asesinato del niño Alfie Evans ocurrido el pasado sábado 28 de abril, ¿No son aplicables y toman plena vigencia las palabras del obispo, hoy beato, Clemens von Galen? Los padres de Alfie batallaron sin cansancio contra un sistema legal y un Estado que le imponía lo siguiente: al tener Alfie una enfermedad terminal, esto le otorgaba el “derecho a morir” el cual pasaba a estar sobre el “derecho a vivir” de Alfie y a recibir un tratamiento adecuado que le diera esperanzas de curar su enfermedad, esto es, luchar al menos por vivir. Este derecho a vivir o a luchar por vivir, le fue negado por un absurdo e injusto sistema legal en donde paradójicamente el derecho a morir se impone sobre el derecho a vivir e, inclusive, sobre el derecho de los padres de Alfie a decidir sobre su hijo y tratar de curarlo o permitirle un tratamiento médico que le permitiera vivir un tiempo más. Sin embargo, la ideología de un juez y de un sistema jurídico nefasto, contradictorio y absurdo que privilegia el derecho a morir sobre el derecho a vivir y pasa por encima del derecho de los padres sobre sus hijos, hizo que se le retiraran los equipos médicos que permitían vivir a Alfie, e impidieron viajar con el fin de acceder a un tratamiento en Italia. Increíblemente, los médicos del Hospital para Niños Alder Hey y el Magistrado Anthony Hayden, y con él la Corte Suprema Británica, consideraron que la vida de Alfie no valía la pena y que tiene “derecho a morir”. Paradojas de la vida, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos respaldó esta absurda posición. La ideología de la cultura de la muerte se impuso a la vida o al derecho a luchar por la vida. ¿Alguna diferencia con el régimen de Hitler y su política de asesinatos? Antes fue por la raza aria, hoy por el “derecho a morir”. ¿Alguna diferencia? Ninguna.

¿Continúa vigente en pleno siglo XXI el régimen de exterminio nazi de Hitler? Bajo esto absurdo “sistema”, ¿Se llegaría a la eliminación de todos los enfermos o discapacitados que padezcan deformidades, enfermedades terminales, congénitas o serias prohibiéndoles luchar por sus vidas? Bajo este absurdo sistema nazi, Alfie debía morir y no vivir. ¿Puede el Estado prohibir la decisión de los padres de buscar y ofrecer una mejor calidad de vida hasta la muerte natural a su hijo? Bajo este sistema no. Por ello Alfie fue asesinado, al igual que el niño Charlie Gard unos meses atrás y tantos otros más. ¿Nos encontramos ante una sociedad enferma que asesina a sus propios hijos? ¿Una sociedad que se conmueve ante una ballena o un oso panda herido y, sin embargo, se mantiene inmutable ante un bebe agonizando al que un juez ordena su asesinato? ¿Ordenaría un juez la muerte del hijo recién nacido de la duquesa Catherine de Cambridge, esposa del príncipe William de Inglaterra, si este hubiese nacido con una enfermedad congénita como Alfie? Sea como sea, solo me queda sentir una gran indignación por este asesinato y repetir las palabras de von Galen: “Ahora son asesinados, bárbaramente asesinados, inocentes indefensos… nos encontramos ante una locura homicida sin igual…”. ¡Ya basta!

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