Los jóvenes a la obra, por Alejandro Cavero

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Manuel González Prada sostuvo en su famoso Discurso del Politeama, hace ya más de un siglo, que en el Perú era tiempo de que los viejos fueran “a la tumba y los jóvenes a la obra”. Una frase que buscaba reflejar la apremiante necesidad de un cambio de liderazgo en el país luego de la terrible derrota en la Guerra del Pacifico. Su deseo, sin embargo, siguió por muchos años sin cumplirse. Nuestro país continuó bajo la batuta de la misma clase política que, sin visión de futuro, no logró levantar al país de la caída, y más bien mantuvo un Estado disfuncional, burocrático y corrupto; situación que perdura hasta nuestros días.

Como nunca en nuestra historia, no obstante, y para tranquilidad de González Prada, la clase política del Perú ha sido toda jubilada de un porrazo en solo unos cuantos meses. Los últimos presidentes y políticos más renombrados se encuentran procesados, y algunos más injustamente encarcelados que otros. Un lamentable suicidio incluido. No existen partidos políticos, y el fujimorismo, el único movimiento político organizado, ha sido derrotado catastróficamente debido a su falta de visión e incompetencia.

Esto, si bien es una circunstancia muy difícil y un tremendo problema para nuestro país, es al mismo tiempo, y como diría Basadre, una gran oportunidad. El Perú posee una demografía que ha cambiado mucho en los últimos años, en donde hoy alrededor del 27% de la población tiene entre 15 y 29 años[1]. Esta circunstancia, en medio de la crisis, le da al país la oportunidad histórica de apostar por nuevos liderazgos y emprendimientos políticos como pocas veces antes. La disolución del Congreso fujimorista pone un enorme peso en aquellos ciudadanos que buscarán tentar una curul en enero del próximo año. En ellos está la tarea de hacer que la ciudadanía no solo vuelva a creer en la política, sino también está en ellos la responsabilidad de impulsar una nueva generación de liderazgos que pueda tener un impacto significativo en la política peruana de los próximos 30 años.

La tarea, sin embargo, no es nada sencilla. La disolución del parlamento fujimorista, en términos políticos podría ser comparada con la destrucción de la gran muralla en Juego de Tronos: ha caído y ahora no se sabe qué puede pasar en el futuro. A nadie le debe quedar duda de que existen zombis merodeando nuestra política, dinosaurios viejos y antisistema buscando el momento para ingresar y saquear lo que puedan encontrar. El fujimorismo cumplió muy mal su papel en la defensa de la economía de mercado y el Estado de Derecho, patéticamente diría yo. Es por tanto urgente que, ante los tiempos de incertidumbre que se avecinan, esta nueva generación de jóvenes en la política pueda encontrar una línea solida entre la renovación política e institucional y la afirmación de los valores económicos y culturales que nos han ayudado a reducir la pobreza y generar empleo para bien del país durante los últimos años.

El Perú necesita cambios, sí, pero no necesita retrocesos. Urge una clase política en defensa de las instituciones y su reforma de cara a dar el salto al primer mundo, no una que busque la crisis institucional para saltar al vacío. Por tanto, coincido con quienes plantean que la principal misión del próximo y breve Congreso será la de terminar la reforma política e institucional que tanto requiere el Perú. Solo así podremos garantizar que tengamos reglas de juego claras y un sistema democrático y económico sólidos para unas elecciones transparentes en 2021. Aunque parezca poco tiempo y no tan importante, estos nuevos congresistas quizá tengan una de las tareas más transcendentales de nuestra historia republicana reciente.

[1] Informe de la Secretaria Nacional de la Juventud (Senaju) en: https://juventud.gob.pe/wp-content/uploads/2018/12/INFORME-NACIONAL-DE-LAS-JUVENTUDES-2016-2017.pdf.