Los mejores defensores del modelo, por Alejandro Cavero Alva

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Hace algunos días la presidenta de IPAE, Elena Conterno, sostuvo en una entrevista para el diario El Comercio que “la defensa del modelo se hace logrando que funcione”. No podría estar más de acuerdo con ella.

El modelo económico peruano ha demostrado en los últimos años una enorme resiliencia, sobre todo gracias a que ha permitido reducir la pobreza y la desigualdad (incluyendo el índice de Gini) como pocos países en la región. Sin embargo, la sostenibilidad del modelo no debe darse por sentada, y, de hecho, los peruanos hemos venido haciendo poco para garantizar la continuidad de su éxito.

Hemos atribuido, por el contrario, algunos de nuestros actuales problemas como consecuencias “del modelo”, en lugar de pensar en lo mucho que nos falta profundizar en él para que pueda ser verdaderamente exitoso. Desde hace muchos años en el Perú faltan importantes reformas de segunda generación, que por diversas razones (sobre todo políticas) no han podido implementarse, generando un piloto automático que está a punto de quedarse sin gasolina.

En la otra orilla, los sucesivos gobiernos han aumentado el tamaño del Estado y la complejidad de las regulaciones, poniendo un peso cada vez más grande sobre el éxito del modelo. En esto, parafraseo la vieja canción de mi infancia, “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña y como veía que resistía fue a colocar una regulación adicional”.

Para “defender” el modelo, entonces, requerimos que funcione. Y para que funcione necesitamos hacer profundas reformas institucionales y de segundo piso que garanticen su sostenibilidad. Por ejemplo, en nuestro país requerimos una reforma educativa urgente. Ningún país moderno ha alcanzado el desarrollo sin invertir en buena calidad educativa. Obviamente, la sociedad civil debe vigilar que esta educación sea cívica, en valores democráticos y libertades individuales, así como importantes capacidades técnicas y tecnológicas para adaptarse a los nuevos tiempos. Así salieron de la pobreza los gigantes asiáticos y los principales países desarrollados.

Segundo, necesitamos una profunda reforma laboral. Una que dé verdaderas oportunidades de inserción a aquellos que hoy simplemente no forman parte del sistema formal, y por tanto no pagan impuestos ni tienen acceso a ningún derecho por más mínimo que sea.

Tercero, necesitamos enorme inversión en infraestructura. Odebrecht y la cultura del “roba pero hace obra” nos han llevado a tenerle miedo a la infraestructura. Sin embargo, como bien demostró Richard Webb en su libro “Conexión y despegue rural” hace algunos años, los beneficios de la conectividad, sobre todo en una geografía tan difícil como la nuestra, son inmensos. El Perú solo será un país más unido económica, política y culturalmente, cuando lo sea físicamente.

Esas son algunas de las reformas que deberíamos estar discutiendo a profundidad. No cambiar la Constitución, deshacernos de las mineras o celebrar cada vez que una empresa (por diversas razones) decide tomar distancia de nuestro país. La mejor forma de defender lo avanzado es, entonces, poner el lente en las grandes cosas que todavía tenemos pendientes.

Y esta debe ser una tarea no solo de nuestra clase política y empresarial, debe ser una tarea de nuestros ciudadanos. Los peruanos vamos a ir a las urnas en algunos meses, ¿estamos leyendo las propuestas de los candidatos? ¿Sabemos qué tipo de ideas y visión de país queremos apoyar? ¿O vamos a votar solo por el que nos caiga mejor? Los ciudadanos somos y seremos siempre, en esa medida, los mejores defensores del modelo.

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