Luchar incansablemente por la libertad, por Federico Prieto Celi

"En el momento cumbre de aquel memorable discurso, Juan Pablo II les exigió a los terroristas que depongan las armas empuñadas contra sus propios hermanos, y que enmienden el camino de muerte y destrucción que habían iniciado en 1980".

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El 25 de mayo la Conferencia Episcopal Peruana publicó un comunicado en el que recuerda a los electores que el 6 de junio no solamente son sujetos de derecho de sufragio sino también de deber. E invoca a votar de forma digna, responsable y bien informada, eligiendo a la persona mejor informada sobre valores como libertad y estado de derecho, vida y familia, dignidad y propiedad, respeto a los derechos internacionales y a los valores heredados de la gesta de la independencia nacional que celebraremos el 28 de julio.

San Juan Pablo II condenó expresamente en quechua el terrorismo de sendero luminoso in sito, en el aeropuerto de Huamanga. “Unanchacuqpa Cuyacuinintam apamuiquichic, allpaichichicpi tarpusqa sonqoiquichicta causarichinampaq” (Os traigo el amor de nuestro Dios, para que, sembrado en vuestra tierra, sea la resurrección de vuestros corazones). Recordó luego el sufrimiento que padeció el pueblo polaco durante la tiranía comunista que imperó en su país, al mencionar que en su juventud él conoció “las profundas penas provocadas por el odio y el aniquilamiento de la persona y la sociedad”. También señaló que frente a aquella violencia comunista, él decidió “tomar las armas del amor y luchar incansablemente por la libertad, el respeto a la dignidad de la vida y de la persona, y la búsqueda de la verdad”.

En el momento cumbre de aquel memorable discurso, Juan Pablo II les exigió a los terroristas que depongan las armas empuñadas contra sus propios hermanos, y que enmienden el camino de muerte y destrucción que habían iniciado en 1980. Con voz enérgica y clara les dijo: “a los hombres que han puesto su confianza en la lucha armada; a aquellos que se han dejado engañar por falsas ideologías, hasta pensar que el terror y la agresividad, al exacerbar las ya lamentables tensiones sociales y forzar una confrontación suprema, pueden llevar a un mundo mejor: ¡El mal nunca es camino hacia el bien!”.

“No podéis destruir la vida de vuestros hermanos; no podéis seguir sembrando el pánico entre madres, esposas e hijas. No podéis seguir intimidando a los ancianos.  Os suplico con dolor en mí corazón, y al mismo tiempo con firmeza y esperanza, que reflexionéis sobre las vías que habéis emprendido.  Os pido, pues, en nombre de Dios: ¡Cambiad de camino! “, añadió. Señaló además a las ideologías violentas como la causa determinante del terrorismo: “si bien la injusticia y la miseria pueden ser el ambiente propicio para que tomen cuerpo la amargura y el odio, no lo explican por sí solas, no son su verdadera raíz. El odio y la violencia nacen del corazón del hombre, de sus pasiones o convicciones desviadas…”

Al final de su mensaje, Juan Pablo II invitó a orar a la muchedumbre, recitando el Ángelus… “para que ilumine a los gobernantes, estimule a las fuerzas vivas del país, pacifique a los violentos, ayude a los que sufren”. En solo cuatro días que permaneció en nuestro país, Juan Pablo II se dio tiempo además para reunirse con los jóvenes, con las familias; con los pobres, con el clero, con los religiosos y agentes pastorales, con los obispos; y a todos ellos les dejó un mensaje claro que aún sigue presente en la fe y esperanza del pueblo creyente.

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