Madre solo hay una y por suerte

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Mi madre ha enloquecido. Cree que el edificio en el que nos hemos mudado le pertenece enteramente. Sube y baja a sus anchas. Lo ha llenado de macetas que decoraban la vieja casa. El ascensor que ahora es su mejor amigo, ha sido empapelado por completo con fotos mías que yo hubiera preferido quemar de la época en que estaba en La Hora Warner y era un solo de cachetes en Do sostenido. En el lobby ha pedido que cuelguen decenas de pinturas de mi hermano cuando era estudiante y una gigantografía del elenco de Pulseras “para que todos sepan quién pues vive acá, el chico de la tele”.

Los nuevos inquilinos que visitan el edificio para ver el avance en sus respectivos departamentos no terminan de entender qué sucede. Les resulta un enigma el hecho de que al costado del intercomunicador haya una imagen gigante del Señor de los Milagros. Tampoco comprenden por qué el ascensor tiene música de la Miss Rossi, ABBA, Il Volo y Chiquititas, y mucho menos cuál es el motivo por el cual el guachimán anda disfrazado como si perteneciera a la Guardia Suiza de Vaticano.

—Soy una señora católica —refunfuña cuando mi hermano le increpa estas cosas.

—Madre, pero eso no suena muy bien que digamos —intento calmar las aguas, siempre me pongo de su lado, pero aquella frase me hace recordar esa cuenta de twitter tan irónica como popular.

—Me importa un carajo, soy una señora católica y acá hago lo que se me dé la gana. Además, yo les he conseguido a estos ingenieros que mis hermanos les compren dos departamentos más. Eso es como tener mayoría en el Congreso. ¡Podemos hacer lo imposible!

—Pero, tú eres la Martha Chávez de Miraflores, entonces.

—Peor que eso, soy la Cuculiza !!! —grita desafiante y pícara mientras acomoda un bonsai japonés encima del extintor del pasadizo.

El edificio todavía no está terminado, a mi cuarto le falta una ventana; al piso, la última capa del “dedé”, la luz del ascensor a veces se encapricha y no prende más, los obreros siguen ultimando detalles. Y en medio de esa procesión de martillos y cinceles mi madre reparte generosos sánguches de jamón (doble lonja mi Emi, siempre que invites: doble lonja) y ofrece inocentemente “Coca”, ante la mirada incrédula de los trabajadores, “para recargar esas pilas”.

Linda, mi madre, tan buena siempre, tan considerada siempre. “A caballo regalado se lo lleva la corriente”, intenta persuadir al portero pontificio quien parece no desear las galletas que ella le ofrece, ya embotado por el par de sánguches de jamón y queso “de la bodega esta que parece Wong, oye, todo tiene, TO-DO, lindo mi barrio y no hay tanto serenazgo sapo como por el Malecón, me encanta el nuevo barrio”.

Pero fuera de cosas, está bien feliz. Por fin luego de cincuenta y pocos años de vida (si digo cuantos mañana me baña en sangre) es libre y puede cantar “como esa película de las niñitas de la nieve”, Somos libres…

—Ma, es “Libre soy”, “Somos libres” es el himno nacional… —le digo con delicadeza y asegurándome que no me aviente ninguna pantufla.

—Yaa me llegaste a la punta de la teta, todo el día me corriges. Esa canción del frontis, frozen, frizin, es mejor que ese himno horroroso y lúgubre. Ay, Dani –se dirige al electricista que está instalando las lámparas rojas del comedor– para eso uno da a luz: para que la corrigan todo el día.

Y devuelve el puyazo instándole al electricista a que me pregunte por la gran fiesta del sábado de la cual tengo tan solo algunas imágenes no muy nítidas.

—Mi Cachincito, digo… mi Emilito —corrige con sorna—. Tuvo una fiestasa en la Planicie y de regreso se fue de frente a nuestra anterior casa… Dice este huevonazo que ha estado tocando el timbre por horas hasta darse cuenta de que ahí ya no vivía más.

Dani no puede dejar de reírse, yo solo quiero tirarme por la ventana del edificio y aterrizar de cabeza en el departamento 103, a ver si así me acuerdo de las barbaridades cometidas y de los gileos que en mi memoria solo suenan inconclusos e impersonales. Solo espero no haberme robado ningún huevo de Fabergé, no haber besado a la chica equivocada y mucho menos haber probado del amor que no se cuenta. Ya recordaré y si es muy terrible mi madre ha aclimatado un reclinatorio para el recogimiento en el sótano 2 a los pies de una antiquísima imagen del Cristo Misericordioso. Dios me tenga en su gloria.