Manchester junto al mar, por Álvaro Martínez

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Escrita y dirigida por Kenneth Lonergan, la película se cuenta, básicamente, desde el punto de vista de Lee Chandler, en principio un hombre solitario que se gana la vida como conserje de algunos edificios en Quincy.  En su disposición, el relato alterna el transcurso natural del presente con pequeñas piezas de un pasado que se siente muy lejano; es aparente que los años que separan uno y otro no son tantos, pero la vida que presenciamos en ese pasado es la de un hombre feliz.  De la disonancia se infiere una sombra, un vacío que resuena en la abulia con que Lee pasa sus días y que solo alterna con afloramientos buscados, fabricados incluso antes que encontrados ¾se trata, en cierto modo, de oportunidades que toma, pero los pretextos hacen parecer gratuito todo el ejercicio¾, de una ira amarga, de raíces gruesas y largas.  Ambos estados son muy reales, tienen una presencia tangible en el cuerpo, en la voz, en el laconismo de Lee, pero su origen es misterioso y sólo se desenvuelve, junto con el personaje, mientras progresa la narración.

Los lazos de familia se revelan importantes en la figura completa de Lee que se va armando.  Esto a través del pasado, y en su presencia fuerte y saludable, risueña y juguetona, elevan todavía más preguntas sobre el camino, la duración de su aislamiento, la naturaleza de su soledad.   Aunque no aparezca de forma muy frontal, por ejemplo, un peculiar sentido del humor parece atravesar a los Chandler.  Se muestra como una cosa más o menos sanguínea, una debilidad por la ironía y la vida simple.  Quizás es el único vestigio de algo parecido a la felicidad o la risa que se cuela en las palabras de Lee y en su nueva vida, al menos cuando está en familia.

Las acciones del presente se desencadenan, justamente, a partir de la muerte de Joe, hermano mayor de Lee, quien, además, lo nombra como tutor legal de su hijo, Patrick.  Los trámites y arreglos que siguen al deceso, además de la misión de comunicar y, de alguna forma, compartir con Patrick el fallecimiento de Joe, hacen necesaria la presencia de Lee en Manchester (en realidad Manchester-by-the-Sea, un pueblo en Massachusetts que da nombre al film).  El pueblo no es ajeno a él, más aún, es el escenario de esos felices fragmentos del pasado.  Vemos, sin embargo, cómo Lee y el pueblo parecen, en esos años, haber tratado de olvidarse mutuamente, desde lo que significan el uno para el otro.

Se encuentran en Manchester, entonces, estas dos versiones de Lee Chandler, o estos dos momentos en su vida, más bien,  que denotan una fractura invariablemente amplia, pero de origen abrupto o disperso, más cerca de la erosión de su apatía o la explosión de su ira, hay que saber; quizá, incluso, un proceso eterno.