Marcha por la vida: lo que no comprenden

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Más de medio millón de peruanos alzaron su voz por una causa noble, que es la de defender la vida, sea cual sea su circunstancia, desde la concepción hasta su muerte natural.  La “Marcha por la Vida” fue, el pasado 21 de marzo, la movilización pacífica más grande, jamás antes vista en la historia del país.

 El evento, que contó con el respaldo de varios artistas y políticos, además personas no familiarizadas con el lenguaje religioso, no tuvo el rebote mediático como el que tuvieron otro tipo de marchas anteriores. Al respecto, quizás le faltó bombas lacrimógenas, algo de violencia y uno que otro personaje de la farándula, que son ahora los asuntos del periodismo formal.

 Las reacciones de los progresistas más radicales se hicieron notar: Con insultos y hasta calumnias, varios autodenominados periodistas dejaron huella en las redes sociales de su descontento y adujeron que la Iglesia Católica, principal promotora de la marcha, es una entidad “misógina”.  Días antes y después de la marcha, abundaron los perfiles falsos de usuarios que se dedicaron a parodiar las imágenes de sacerdotes y mujeres y niñas violadas, hechos que, por supuesto, son graciosos únicamente para ellos.

 Ellos no han comprendido el mensaje íntegro de esta histórica marcha: Que no se trata de salir a las calles con los curas y monjas para reafirmar una Fe que desde hace siglos está enraizada en el quehacer cotidiano de la sociedad y el estado. No. Se trata de hacer frente a una cultura de muerte, la cual fomenta la destrucción de la vida humana más débil e inocente por parte de los más fuertes o los que tienen voz y voto.

 No comprenden que la Marcha por la Vida exige al estado la protección y la posibilidad de una vida digna y fecunda de dos partes de la población vulnerable de toda sociedad: La mujer y el concebido. Al concebido, su derecho a nacer y vivir dignamente. A la mujer, la asistencia en cualquiera de sus situaciones más difíciles, como puedan ser, una violación sexual, un embarazo no deseado, entre otras circunstancias ante las cuales -dicho sea de paso- la Iglesia asume una particular acción: Consejo espiritual, asistencia psicológica y ayuda económica. ¿O acaso van a negar hoy la principal misión solidaria, impulsada en primerísimo lugar, por el Papa Francisco?

 No comprenden que la Marcha por la Vida es una llamada de atención al gobierno, de que se tienen que impulsar mejores proyectos o medidas en los sectores de educación y salud. El estado debe ejercer una seria lucha contra el crecimiento de clínicas ilegales que promueven el aborto, como también mejorar las condiciones de educación en lugares más pobres. Con una educación garantizada se abren oportunidades y se dispersan posibles ideas de crecer en la delincuencia.

 No comprenden que enfrentar la cultura de muerte significa impulsar leyes bien trabajadas, que impliquen un arduo trabajo. No que sean facilistas. Nosotros no pensamos bajo el criterio facilista del presidente Mujica: “Legalizamos la marihuana porque no podemos combatirla”.  Ergo, no “se legaliza el aborto porque no se puede combatir”.  Al contrario, un estado garantiza instituciones de salud de calidad para todos los estratos sociales.