Maricielo, por Carlos Rosas

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Era un día sin sol, el 30 de junio del 2012, un sábado que pensaba sería uno más del mes. Regresaba en el metropolitano de haber hecho junto a unos amigos un show para un quinceañero en Los Olivos y me bajé, esta vez, no en el Centro Cívico como debería, sino en Colmena, a media cuadra de la Plaza San Martín. Ni bien caminé unos pasos con dirección a la plaza, me encontré con un mar de personas rodeándome o yo en medio de ellas. Al fondo se veía un estrado y si de algo estaba seguro en ese momento era que el show ya había comenzado.

Mi primera vez, de esas en las que a veces te niegas a aceptar que pasó o está pasando. Para esa época estaba ya en quinto de secundaria y todavía no asumía mi orientación sexual. Me cuestionaba siempre y si bien ya había salido con un par de chicos, aún se me hacía difícil pronunciar una palabra: gay. Estaba en el Pride limeño, en su corazón. Hombres, mujeres, personas de todas las edades, identidades de género, orientaciones, etc. a mi alrededor y yo, parado en la esquina de un puesto de hamburguesas mirándolos con temor y ansiedad. No tenía miedo de ellos, sino de mí, o quizá más que eso, de mis amigos, de la gente que me quiere y a quienes no les había dicho esto. Claro, un par de años más tarde me di cuenta que hace rato lo sabían, pero en ese entonces estaba confundido. Transcurrían los minutos, el reloj dio las nueve de la noche, la gente seguía bailando y de pronto, una señorita de tacones, vestida de manera austera, pero con una sonrisa en el rostro y con un modesto maquillaje me saluda: era Maricielo Torres, una chica transgénero.

Maricielo Torres en esos años era muy conocida en la televisión como “Capitán Maricielo”. Ella era un ex capitán del Ejército Peruano que había saltado a la fama luego que hiciera público lo que conocemos como “cambio de sexo”. Al ser una chica trans que anteriormente había tenido una vida militar hizo que estuviera en casi todos los dominicales y hasta tuviera una parodia en un programa humorístico de ese momento. Sin embargo ese éxito fue efímero y cuando nos conocimos, ese sábado por la noche, ya había pasado. Me invita su lata de cerveza, yo le digo que no tomo, pero insiste. Nuestras risas se vuelven cómplices, un grupo de chicos la reconocen y empiezan a pedirle fotos, no obstante, en menos de lo que imaginé me dice para irnos. La sigo y nos esfumamos por Colmena, por la calle que me llevó a conocerla. Caminamos hasta su casa en la Avenida Argentina, me quedé con ella hasta casi las tres de la mañana, perdí la noción del tiempo. Esa noche, ella a través de su historia hizo que empezara a escribir la mía, intercambiamos números y me fui. Ni siquiera la madrugada en ese instante me hizo sentir en peligro en plena calle, eran sus palabras, el “quiérete, aunque no te quieran”. Hoy, a días de la marcha del orgullo, la extraño.

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