Cuidado, presidente; por Gonzalo Ramírez de la Torre

"El Ejecutivo tiene que afinar su forma de hacer política y evitar torpezas como la del martes si lo que busca son resultados".

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El martes de esta semana, el presidente Martín Vizcarra, acompañado por el premier y el titular de la cartera de Justicia, acudió al Congreso para expresar su protesta por el archivamiento –por la Comisión de Constitución– del predictamen que pretendía reformar la inmunidad parlamentaria.

El jefe de Estado presentó una carta en la que informaba que tanto el primer ministro como el ministro de Justicia no participarían en la sesión de la referida comisión (a la que habían sido citados) porque “no están dadas las condiciones para poder tratar la reforma política”. Además, el mandatario aseveró que habían archivado “uno de los proyectos emblemáticos para el Ejecutivo como para la población del Perú” [sic].

El gesto del presidente Vizcarra, sin embargo, no trajo consigo la respuesta que él podría haber esperado. La visita, de hecho, dejó un sabor amargo en varios parlamentarios (incluso en algunos oficialistas) y, en los que seguimos la política, la impresión de que el mandatario buscó emplear un artificio repetido para procurar viejos resultados, similares, quizá, a los que obtuvo cuando en enero presentó –flanqueado por vítores y arengas– el proyecto para declarar en emergencia el Ministerio Público.

Pero las circunstancias de la última visita de Vizcarra al Congreso son diametralmente distintas a las que existían cuando lo hizo en enero. A comienzos de año el jefe de Estado ostentaba 66% de aprobación ciudadana (Ipsos- El Comercio) e iba al Congreso como defensor de una causa que la ciudadanía entendía y respaldaba (la crisis propiciada por Pedro Chávarry en la Fiscalía). El martes, en cambio, la hazaña la ejecutó un presidente con 42% de aprobación y en nombre de una causa (la reforma política) de la que 67% de peruanos no están enterados (Ipsos- El Comercio).

Además de todo, sin negar la pertinencia e importancia de la reforma política, la actitud de Martín Vizcarra el martes tuvo un fuerte sabor a antojo y lo que en otras ocasiones pudo haberse interpretado como un ejercicio de ímpetu democrático, en este caso se interpretó como un empleo temerario de su investidura y una innecesaria incitación a la confrontación.

Es un hecho que el gobierno tiene toda la autoridad del mundo para presentar iniciativas de reforma, pero también lo es que el Congreso debe evaluarlas y ponderar su conveniencia. Esto último puede desembocar, como ocurrió con lo referente a la inmunidad parlamentaria, en una respuesta que no se ajuste a lo pretendido por el Ejecutivo y esta es una consecuencia natural del juego democrático y la separación de poderes que no debería llevar a reacciones políticamente inmaduras. Especialmente cuando la reforma va mucho más allá de la inmunidad parlamentaria.

Es obvio que con todo esto no buscamos librar de responsabilidad al Congreso y a la mayoría opositora que lo conduce. Es evidente que gran parte de lo que hacen busca darle la contra al gobierno y velar por los intereses de sus integrantes, pero esta realidad solo dota de sentido al hecho de que el Ejecutivo tiene que afinar su forma de hacer política y evitar torpezas como la del martes si lo que busca son resultados.

Así las cosas, el presidente debe tener cuidado pues su sorpresiva y grandilocuente visita al Parlamento no se percibió como una muestra de astucia política y sí, más bien, como un intento por buscar los aplausos de una tribuna que antaño se los regaló. El jefe de Estado debe entender que por el momento no hay nada que aplaudir y eso es justamente lo que debe remediar.

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