Martirio, por Nathan Sztrancman

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Bajo un estado de ánimo muy average, los hay quienes no se han enterado del ataque en Bruselas porque justo son estas fechas, y es la Iglesia o la discoteca. Todo en conmemoración de Jesucristo, que viene a ser un paralelo agrio con lo que ocurrió en Bélgica. Es una tradición justificada en un lado del mundo e inexplicable en el otro, donde se nos viene probando que en gran parte, la sociedad se inmolaría hasta por Mario Hart.

No pretendo hacer un estudio sobre la violencia religiosa ni el odio; no es una cuestión de identidades. Lo insólito es la reacción de la gente, que cierra la boca y aprieta los puños para luego olvidar y tener un ritmo cardíaco idéntico al de un cadáver. Tampoco vamos a ir a recuperar la tierra Santa (ojo, no es Asia) porque después justificamos nuestras Cruzadas para negar las de otros. Son componentes clave en el delirio generalizado; que la religión y el Estado. La mezcla la encontramos en España, donde la Iglesia le reclama indultos al Gobierno en Semana Santa, una vez más, en conmemoración de Jesucristo. Es una tradición curiosa, porque viene de hace siglos y nunca ha fallado. Liberan presos que luego si reinciden en el crimen entonces igual leen la Biblia un par de veces más.

La sinrazón de actitudes religiosas es la fe, que es una especie de explicación estandarizada para las sociedades enfermizas, porque es justo en el cielo donde se encuentran las justificaciones para lo “mundano”; no comer carne, no tener sexo premarital, inmolarse en París o Bruselas. Todos son mártires auto-concebidos, en carretera hacia un paraíso prometido por sus grandes actos terrenales. No se busca atacar al individuo o personalizarlo; matar tanto a Juan como a Pedro, a ti como a mí. Todo en el nombre de la divinidad de turno, Alá esta semana. Ni siquiera hay un miedo a lo ajeno; no es una xenofobia ni un sentido de amenaza, es fe.

La distinción merece ser hecha en que ya no hay grandes guerras por expandir el catolicismo, por una parte porque el mundo occidental ha madurado y por otra porque el Vaticano ya no tiene caballeros en armaduras que no saben ni leer ni escribir. Las grandilocuencias de ISIS para defender la causa ignora que es un objetivo imposible de cumplir; no es una guerra que pueden ganar, porque para hacerlo tendrían que conquistar el espíritu y para eso probar que el espíritu existe. Y aunque para llegar a la tierra prometida entre algodones y griales tengamos que actuar de acuerdo a nuestros principios, hay una línea considerable entre sentarse a ver Ben-Hur y meditar, y estallarse en una estación para inquietar al mundo.

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