Más allá de las elecciones, por Dante Olivera

«Todo el mundo habla de lo bien que es votar, de la necesidad de escoger a un gobernante, de la “fiesta democrática” y resaltan a los líderes políticos, pero pocos o nadie se preguntan “¿Se sentirán bien los ciudadanos yendo a votar? ¿El quehacer político funciona en el Perú? ¿Cómo percibe el ciudadano la política peruana en esta sociedad del espectáculo?»

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Tomar distancia de la coyuntura resulta indispensable al efecto de pensar en temas sustanciales que apuntan a modificar para bien la situación. Y no es que deba abandonarse la coyuntura, estar informado del día a día es de interés, pero circunscribir la atención en estos menesteres bloquea la posibilidad de mirar más lejos y trabajar en la raíz de los males que nos aquejan. Alberto Benegas Lynch

Hace unas semanas se dieron las elecciones regionales y municipales en el Perú. Hoy se saben los resultados oficiales, quiénes serán nuestros próximos gobernantes y qué organizaciones políticas han accedido al poder. Más allá del fetichismo de las elecciones, es preciso sentar algunas reflexiones y tocar temas de fondo, estos últimos muchas veces olvidados por estar inmersos en la coyuntura.

Los ganadores y perdedores no se reducen a solo partidos políticos como muchos analistas y “expertos” desean hacer creer, esto va más allá: pierden las ideologías en construcción, el tradicionalismo político, y la cultura y el espíritu democráticos –que pareciera estar en su punto más decadente luego de décadas–; ganan los reaccionarios y una voz ciudadana de protesta: la desconfianza en la política.

Quienes pierden dentro de la construcción de sus ideologías y el copamiento de las instituciones estatales que iniciaron  hace algunos años son, por ejemplo, los “morados”, el oficialismo, los fujimoristas y los caviares. Aquello por lo que alguna vez pudieron sentirse orgullosos no sería más que un recuerdo de aquí al año que viene -¿cómo no, pues, recordar a Julio Guzmán y el gran trabajo que había hecho recorriendo el Perú con su ideología republicana, o a cierta compañía caviar que se sentía segura de sí misma con sus ocupaciones en el estado?–. También entra en crisis la convivencia democrática, pues ya no solo se está viendo al otro como “mi competidor”, sino como “mi enemigo”; sobre este punto hablaremos luego.

Por otro lado, es curioso ver que, más allá de Renovación Popular, la confianza dada no solo se reduce a los conservadores, sino a los reaccionarios: Renovación Popular, los “anti caviares”, la DBA y los movimientos regionales; todos ellos entrarían dentro de los reaccionarios. Esta “reacción” se da ante un establishment que ha develado su rostro en los últimos años: política tradicional, burocracia excesiva e innecesaria, malgasto de los recursos públicos, etc. Además, está el tema de los nuevos movimientos sociales como el reconocimiento y disfrute de los derechos para las minorías, el tema de la mujer, los temas de género, algo que no ha calado bien en el Perú por su fondo y forma, ya sea porque no son aceptadas o se las critica por implementarse de “mala” manera (no es muy difícil saber a quiénes beneficia esto). Asimismo, está esa desconfianza innata del ciudadano promedio en los políticos y la política: organizaciones políticas en demasía y elecciones muy reñidas y parejas que en muchos lugares no superaban el 40% de votos válidos. Evidentemente, hay un mensaje de protesta ciudadana.

Todo esto desemboca en una pregunta capital: ¿Qué cultura estamos formando con cada elección que pasa?

Mencionamos antes que se está pasando de la visión del otro como sano competidor al otro como  enemigo. La situación, además de no ser nueva, es preocupante.

Los años 20, 30 y 40`s del siglo pasado fueron, tal vez, las épocas de mayor polarización en la política mundial y el Perú no fue ajeno a ello. El boom de la política había ocasionado que los partidarios no toleren al otro competidor y no vean en él algo positivo para el régimen de gobierno y su sistema, al contrario, lo veían como un enemigo, alguien a quien debían exterminar, pues representaba un peligro para su ideal. En el Perú este fenómeno se manifestó con diversas ideologías y su intolerancia a lo ajeno –precisamente esta intolerancia es lo que generaría una sociedad cerrada y sería base de los totalitarismos–. Hoy las condiciones y el panorama no son exactamente las mismas, pero SÍ podríamos decir que hay síntomas de ello (¿O acaso no recordamos cómo actuaban los candidatos y sus votantes con los otros?). Se están dando los primeros pasos de una cultura del enemigo y no una cultura de la sana competencia y cooperación.

La desconfianza en la política es otro tema ignorado.

Todo el mundo habla de lo bien que es votar, de la necesidad de escoger a un gobernante, de la “fiesta democrática” y resaltan a los líderes políticos, pero pocos o nadie se preguntan “¿Se sentirán bien los ciudadanos yendo a votar? ¿El quehacer político funciona en el Perú? ¿Cómo percibe el ciudadano la política peruana en esta sociedad del espectáculo?”. Los periodistas, expertos, analistas y politólogos creen apriorísticamente que la política “está bien”, pero no se preguntan por la clase de política que se hace, no cuestionan siquiera el orden político vigente. Es acá donde se muestra, una vez más, la disociación entre la teoría y la práctica, entre el mundo ideal y el mundo real, entre el debería ser y el ser. Esta disociación, si se hace mayor en el tiempo, no hará más que generar crisis periódicas de las que no podremos escapar y será un gran perjuicio para toda la sociedad.

Es curioso ver que esta desconfianza en la política y, en gran parte, en los líderes políticos, tenga una doble cara y sufra de “bipolaridad”. Por un lado, está la desconfianza ya mencionada, pero por otro está esa corazonada, ese sentimiento, ese ideal de que “mi líder político lo puede todo”, de que ese sujeto logrará solucionar todos los problemas existentes y hará de las ciudades una “potencia mundial”. Nada más falso y reducido.

Quienes depositan enteramente su ser y confianza en un líder político, depositan, parte de su auto responsabilidad como individuo, parte de su personalidad (despersonalización) y su ser ciudadano (si se tiene la clásica noción de que este es el centro de imputación de derechos y deberes), pues quieren (o desean) que otro que no sea él mismo haga algo por él, que haya un “puestito”, que se acuerde de “los amigos” de los que lo “apoyaron en campaña”, en síntesis, de los que son sus aliados (como decía la frase: Para mis amigos todo, para mis enemigos, la ley). Esta cultura de la irresponsabilidad es lo que parece estar gestándose más fuerte con cada elección.

Como parece obvio, los comentarios vertidos son solo esbozos de los muchos temas de fondo que le deberían interesar a nuestra clase intelectual y, también a parte de la ciudadanía si es que se quiere mejorar el estado actual de las cosas y, mininamente, mejorar la política de nuestro país.

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