Más sobre Putin, por Enrique Banús

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De momento va ganando la partida: gracias a sus bombardeos en Siria, las tropas rusas han podido recuperar terreno e incluso algunas ciudades importantes de los fundamentalistas. Y hasta se ha permitido invitar a los Estados Unidos a realizar acciones militares conjuntas. Las razones por las que Obama (que, por cierto acaba de revocar su promesa electoral de retirar las tropas de Afganistán, añadiendo un año más a su presencia allí) ha rechazado la idea le ha parecido poco convincentes (en realidad, ha utilizado un término más craso).

Si actúa de esa manera, decíamos hace una semana en este mismo foro, es también porque ese modo de proceder encuentra un eco positivo en la población rusa. Quizá conviene remontarse a la historia cultural para entender un poco mejor por qué es así. El zar Pedro I llamado el Grande, allá por el siglo XVIII, resultó ser un personaje decisivo para la historia de Rusia. Convencido de las ideas de la Ilustración, la introdujo por vía de decreto en Rusia: impuso el francés como idioma de la corte y, como Moscú le pareciera una ciudad caótica, creó una nueva capital, en la que perdura su memoria: San Petersburgo. Ciudad de grandes avenidas, trazadas geométricamente, cortándose en ángulo recto y, para dar mas armonía, sin puertas de entrada en las fachadas: en grandes patios está la entrada a las casas de toda la cuadra. El efecto es grandioso, aunque las dimensiones no son muy humanas: las caminatas por San Petersburgo son interminables.

No a toda la sociedad gustó este nuevo estilo. Y se formó una oposición importante, de intelectuales y escritores y también de parte de la nobleza. Su argumento era que, con la introducción de este modo racionalista de ver el mundo y de configurarlo estaba trayendo una cultura de fuera, ajena, es más, contraria a la identidad propia. A esta última corriente se le llamó “eslavófila” frente a los “occidentalistas”, que aceptaron esas novedades que llegaban de fuera.

Los eslavófilos estaban convencidos de la existencia de una identidad rusa propia, incluso hablaban del “alma rusa”, un estilo propio frente al racionalismo de corte francés, una visión del mundo caracterizada por el sentimiento, la desmesura, la religiosidad, incluso el carácter místico, el aprecio por los símbolos. Su referencia máxima será el escritor Fedor Dostoyevski, a pesar de que en algunos textos explica precisamente cómo Rusia forma parte de Europa. Pero personajes de sus novelas serán considerados la manifestación máxima de esa visión eslava, tan diferente.

Esta idea se mantendrá a lo largo de los tiempos y muchos disidentes se opondrán al comunismo precisamente desde una convicción eslavófila. El comunismo, que se presenta como continuador de la Ilustración, que trae el progreso (supuestamente, claro, porque en verdad pocos fuera de los jerifaltes de partido gozaron de ese progreso), para estos disidentes es contrario al espíritu ruso, es la continuación de la aberración de Pedro I con los medios del Estado totalitario del siglo XX. Será el Premio Nobel Alexander Solshenitzin quien más claramente sustente esta teoría, pero muchos otros la compartieron. El gran cineasta Andrei Tarkovski, que muere en el exilio, incluso afirmará que el “alma rusa” está más próxima a la cultura japonesa que a la europea.

En todo esto late la idea de que Rusia tiene su propio camino. Su propia presencia en el mundo, no forma parte de ningún bloque: es un bloque. Ha sido un imperio y sigue teniendo la grandeza de imperio. El desmoronamiento de la Unión Soviética se considera un desastre, también por la humillación a que han sido sometidos después: la humillación de la risa de Occidente, que se siente vencedor con su capitalismo liberal o liberalismo capitalista. Los rusos tuvieron que aceptar programas de ayuda para entrar en la economía de mercado, para abrirse a los derechos humanos y la democracia. Aparecían expertos, fundaciones, ONGs occidentales que les decían cómo tenían que hacer.

Putin, el viejo comunista (al fin y al cabo jefe de los servicios secretos) perseguidor de los representantes del “alma rusa” descubre el nada discreto encanto de la grandeza de Rusia. Se aproxima por ejemplo a la iglesia ortodoxa, que se considera fiel guardiana de las esencias rusas. Y recupera la idea de que Rusia no forma parte de un sistema: es un sistema. Y ocupa Ucrania y bombardea Siria; en nombre del “alma rusa”, por así decir.