Materialismo histérico, por Javier Ponce Gambirazio

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Cada vez que las mujeres trans se hacen visibles, se reactiva la herencia judeocristiana que pretende negarles el reconocimiento femenino por haber nacido con genitales masculinos. Luego de darle la espalda desde siempre a toda evidencia científica, resulta curioso que el fanatismo religioso recurra a la biología para justificar sus enconos. Siguiendo el mismo análisis reduccionista, ellos tampoco tendrían derecho a definirse como cristianos, si en su anatomía no hay nada que los diferencie de un musulmán.

Si la identidad sexual se ubica en los genitales, ¿dónde reside el sustento biológico de la cristiandad? ¿Cómo los distingo? ¿Tienen más riñones que un hinduista? ¿Su intestino es más largo que el de un judío? ¿A los ateos les falta algún órgano privilegiado del que ellos fueron dotados?

El cuerpo de un cristiano no tiene nada particular, y sin embargo se definen como tales. Su distinción radica en toda una batería de elementos no materiales como creencias y elaboraciones culturales que construyen la identidad cristiana que se ve reflejada en lo que adoran, lo que practican y, por supuesto, lo que odian. ¿Por qué la identidad religiosa puede ubicarse en el artificioso mundo de las ideas y la identidad sexual debe referirse exclusivamente a lo que tenemos entre las piernas?

Toda religión precisa de un aparato jerárquico de adoctrinamiento, sin el cual sus devotos no existirían. Sin misioneros, catequistas y extirpadores de idolatrías, América no sería católica. Recordemos que al comienzo de su historia, fueron una secta marginal y perseguida, y antes de Cristo, ni siquiera existían. Los cristianos no aparecen en todas las sociedades, en cambio las mujeres trans, sí. La transexualidad no depende de ninguna ideología, no es una construcción arbitraria, es natural. Cuando algo se repite en todas las culturas y en todas las épocas, podemos decir que es natural. El cristianismo no lo es.

Las mujeres y los hombres trans, al igual que los homosexuales, aparecemos en todas las sociedades sin aparato de propaganda y sin apoyo familiar. Sin nada que nos promueva y con todo en contra, seguimos naciendo. ¿Por qué? Porque la orientación sexual no es ideológica, es natural, por lo tanto es mucho más fuerte que cualquier mensaje externo, más sólida y estable que todas las religiones juntas.

No queremos pertenecer a su club, ni buscamos su aprobación. Tampoco necesitamos su cielo ni nos atemoriza su infierno. Exigimos que se mantengan en sus cuatro paredes y se restrinjan a su ámbito de acción: las elucubraciones espirituales exclusivamente dirigidas a sus feligreses.

Buda decía que debería haber tantas religiones como personas hay en el mundo. Que cada quien desarrolle su propio camino espiritual, lo cual supone el respeto del camino ajeno. Todas las religiones tienen derecho a existir, pero ninguna a imponerse como lo hacen el cristianismo o los fundamentalistas islámicos. Mahoma nació seis siglos después que Cristo, es como si sus seguidores estuvieran recién en la Edad Media, en la época de las Cruzadas y la Inquisición. Lamentablemente solo parecen cambiar las formas, pero no el fondo. Quizás esa violencia que patologiza el sexo se debe a la certeza de que las religiones llevan las de perder.

Si el ser humano sobrevive a su sistemática autodestrucción, tarde o temprano desaparecerán el judaísmo, el islamismo y el cristianismo, al igual que han desaparecido muchas religiones que luego fueron sustituidas por otras. No estuvieron antes, no estarán después. Pero mientras existan humanos, seguirá habiendo transexuales, homosexuales, bisexuales y cualquiera de las variaciones naturales del amplio espectro de la identidad sexual, incluyendo heterosexuales, por supuesto.

(En la imagen: Brenda Vargas y Leyla Ariana)