¿Mentir?

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¿Alguna vez han reparado en las implicancias económicas que tiene una mentira? Una persona que engaña o miente lo hace considerando dos conceptos económicos familiares: ganancias y pérdidas. Para tal persona, las posibles ganancias que estén asociadas al engaño deberían superar las pérdidas que se generan y que podrían agruparse en dos categorías. Por un lado, se podría incurrir en costos económicos puesto que el que engaña corre el riesgo de ser descubierto y se le imponga algún tipo de sanción (una persona que deja de pagar impuestos podría ser multado). Por otro lado, existe un costo psicológico que trae consigo el deterioro de la propia percepción moral: nadie desea dejar de considerarse una persona honesta.

¿Cómo se incorpora el concepto de la mentira o el engaño dentro de la economía tradicional? Un agente racional, movido por el propio interés, debería engañar cada vez que las ganancias superen estas pérdidas. No contemplaría en cambio conceptos como reciprocidad, igualdad o justicia, los cuales son claramente palpables en el mundo real. Nuevamente, como he mencionado en columnas anteriores, parece ser que a veces tenemos una economía que describe a un ser humano incompleto.

El engaño ha sido de interés para numerosos estudios económicos, la mayoría de estos realizados en laboratorios o a través del diseño de experimentos. No obstante, existe una literatura relativamente importante que parte de la observación del comportamiento en los deportes para observar la dinámica del engaño. La observación de deportes es ventajosa puesto que las reglas de cada disciplina son claras; se tiene una extensa documentación de datos, sea a través de medios audiovisuales o registros históricos; y los jugadores son además expertos en la toma de decisiones relacionadas a cada juego en particular.

Existe, por ejemplo, un estudio recientemente publicado en el Journal of Economic Behavior and Organization en el que se observó alrededor de 500 incidentes de potenciales situaciones de “falta” durante la temporada de la Super Liga de Básquet de Israel. Observaron la actitud tanto de los jugadores que cometían la falta (ofensores) como de los que la sufrían (defensivos) y los árbitros del partido. Los autores observaron que, a pesar de que una falta ocurre cuando un jugador ofensivo mantiene un contacto suficiente con un jugador defensivo que ha establecido una posición estacionaria (independientemente de si el jugador defensivo cae al suelo o no), existía una tendencia por parte de los jugadores defensivos a engañar: caían al suelo voluntariamente para cobrar una falta. Encontraron que este engaño es producto de la percepción que tienen los jugadores sobre la decisión que tomarán los árbitros ya que, estadísticamente, éstos son más propensos a cobrar una falta cuando observan una caída, aun cuando realmente no haya habido una.

No obstante, los autores indican que estas caídas falsas son una espada de doble filo: por un lado es cierto que podría incrementar la probabilidad de cobrar una falta y que se le asignen tiros en favor del equipo; por otro, además de que el árbitro podría penalizar la caída falsa, durante los segundos en los que el jugador permanece en el suelo, el equipo técnicamente cuenta con un jugador menos. De acuerdo a los autores este último efecto es considerable en el desempeño del equipo en su conjunto. No obstante, es pocas veces considerado puesto que los jugadores se concentran en las ganancias que traería consigo el engaño en vez de las pérdidas.