Mentiras y creyentes

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Ollanta Humala es seguido por la prensa mientras le rinde un homenaje al Señor de los Milagros. Hay veces en las que el presidente da la impresión de poder salirse del personaje y ser trascendente, como esos equipos chicos que en un estadio de mil personas le llegan al área al Real Madrid. A mí, burlarme de la religión me tiene sin cuidado, porque tampoco hay mucho coraje en poner un tuit diciendo que eres Charlie, como si a algún desquiciado le fueras a importar tanto como para ir a tu casa a saldar cuentas. Y burlarme de la política más o menos viene a ser la definición de columnista, así que allá vamos.

Los candidatos políticos, y el que se encuentra en poder actualmente, no saben si hacer autocrítica o si decir directamente que errare humanum est. Son hombres y mujeres a los que Napoleón hubiera contratado para explicar Waterloo luego de perderla; al día siguiente en Francia no sabrían ni qué era el Reino Unido de los Países Bajos. Por cada enunciado de uno de nuestros ilustres se quedan ciento cuarenta caracteres sin aclarar. Algunos hacen bien en no comunicarse, porque una cosa es que te roben y otra cosa es que te expliquen por qué. El fracaso de nuestro sistema se explica a sí mismo sin complejidades, porque los que votamos somos nosotros y el APRA, que es como la otra mitad del país. El debate sobre la veracidad de lo que nos dicen los políticos no es nuevo, sino que empieza el día que le dices a tu madre si lo de la cigüeña no te cuadra. La necesidad de una reformulación de la política en el país es obvia; nuestras elecciones siempre terminan pateando las piezas del tablero, y nos pasamos cuatro años esperando a que bajen perfectamente como en Tetris, encajando una tras otra. Jugamos a ponerle el listón al burro para votar por aquel que es más simpático, o por aquella que se ve que hace deporte, volviendo a nuestro modo de vida como si hubiéramos escogido color de la alfombra. Y quizás que justo eso hacemos.

 No todos los meses son morados en Lima, y pocos ofrecen tanta visibilidad política como el que odiaba El Coronel. Es extraño relacionar política con religión, básicamente porque de manera histórica han sido la misma cosa. Los candidatos saben que los rosarios no son cosas de creyentes, y que si no creemos en Dios mucho menos vamos a creer en un discurso en Harvard o un baile en el programa de Beto. Así se ganan los votos, ateísmo de lado, repartiendo turrones o diciendo nada. Lo que ocurre en nuestro país viene a ser muy orwelliano — como si la vida no lo fuera — porque en una regresión lingüística nos hemos condenado al enigma. Un diccionario de lenguaje político debe tener mil palabras, de las cuales novecientas vienen a significar lo mismo. Terminaremos en un estado anterior al castellano, anterior al lenguaje incluso, y se nos dará por votar por alguien porque interpretamos el nudo de su corbata. Todos salen reforzados en el rumbo de su partido, pero nadie sabe hacia dónde se dirigen. Uno ya sabe que si la enamorada le está mintiendo y siendo evasiva, es más probable que se lance para candidata a que le sea infiel (sin saber cuál es peor).

Hay un chiste recurrente entre quienes lo conocen, en el que una mujer y su marido conocen a una pareja de escritores. Luego del encuentro, ella divaga sobre la profesión y le pregunta a él; “¿de eso viven?”, a lo que su marido le contesta; “si de eso viviesen, todos lo estaríamos haciendo.” El chiste no aplica a la política, mucho menos a la religión, porque de eso sí se vive bien, pero muchos somos demasiado honestos como para venderte un rosario o prometerte la inclusión, cuando hay para quienes uno conlleva lo otro.