Messi, el Pizarro de Argentina (I), por Vincenzo Viacava    

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Héroes en sus equipos foráneos, villanos en sus selecciones nacionales. Amados y alabados por sus posaderos, vilipendiados y censurados por sus parteros. El peruano, dirigente de masas, capitán de campo y de vestuario en un largo gobierno, se resuelve fecundo para declarar sin mucho almíbar pero bastante tino y justicia: dice lo que hay que decir. Un hombre inteligente hace escuchar a otro lo que quiere escuchar, y es más inteligente cuanto a más complazca. Así podemos resumir la exquisita oratoria de Pizarro, que le ha granjeado un matrimonio de oro con una angurrienta esposa parlanchina y boca sucia.

Más tirado a la izquierda, el argentino simplemente se encuentra incapaz de propiciar una arenga. No digo que sea un hombre poco motivado, tendría que estar desquiciado para no reconocerle la prosa a tan gran poeta, la función a tan gran actor, pero señalo que no se encuentra en la condición de motivar a sus pares con la fuerza infranqueable de la divina palabra, tan importante en momentos cruciales para persuadir y convencer al que duda, al que vive errático en la penumbra y carece de luz propia para ejecutar acción. No puedo soslayar lo insoslayable: esa cinta de capitán le queda espantosa. Messi ha nacido genio, elegante, portentoso; pero no líder, y jamás lo será.

Saliendo de esta secundaria disquisición, lo compartido los vuelve presa de mi opinión. Se han adueñado de los reflectores no por sus cuerpos apolíneos, mucho menos  por alguna maniobra mediática. Ellos nunca han querido vender, pero la mano invisible del fútbol los ha vendido. La historia se repite y reza fuerte una máxima universal: metales preciosos de esta bondadosa parte del mundo fugan con sus captores hacia tierras lejanas de altamar donde se funden en hermosas esculturas.

Propongamos algunas líneas sin muchos ambages. El decoro aquí es innecesario. ‘Pizza’ es el futbolista peruano más exitoso que se ha desempeñado en el extranjero. Compararlo sería ridículo, por no pecaminoso. Ningún compatriota jamás se ha alzado como máximo goleador extranjero de alguna liga. Ahora bien, tampoco me permito considerarlo pomposamente “orgullo nacional”, digno de toda nuestra admiración. Edificar a un futbolista como “héroe nacional”, “ejemplo de vida”, “sustento y necesidad básica para la juventud” es darle vida a otro ídolo de barro, es consumir con una barbarie espeluznante este artificio patriotero tan efímero y barato como el boom acuriano gastronómico.

Messi se arrastra en una situación similar. Ha ganado tantos títulos y rótulos que exponerlos aquí sería insensato, haría ver mi humilde crítica como menuda y ridícula. Conformémonos con decir que para muchos es “el mejor del mundo” porque ha ganado 5 balones de oro y batido un etcétera de récords, como anexo; pero para otros “no es el mejor del mundo” porque no ha ganado nada con su selección y lo que  le piden es un nada más y nada menos que el Mundial, cosa sencilla.

En cuanto a su visión y misión, existen sendas diferencias entre las selecciones de Perú y Argentina. A una se le pide asistir al Mundial, a la otra ganarlo. El oficio de sus jugadores, la idiosincrasia de sus pueblos y las exigencias de los mismos son colosalmente dispares; pero entre esta brecha insalvable existe un factor denominador: achacan a su respectivo Mesías la consecución del ominoso fracaso. Esta fanática persecución estremecería a la mismísima Inquisición de antaño.

El modus operandi del colectivo es cruel e injustificable. Aquí algunas razones de su irracionalidad. La gente, desconocedora de los pormenores del fútbol, los juzga. Yo no soy quién para culparlos: guste a quien le guste, vivimos en una sociedad donde cada uno es libre de expresar su opinión; y a su vez, de demostrar qué tan ignorante es. Así como hablamos con ligereza de política, computamos que con el fútbol sucede algo similar. Y la bola de nieve atrapa a tanto ignorante que incluso otros se lanzan con ahínco a arremolinarse con sus pares.  En la segunda parte de este artículo -mañana podrán leerla- no retrataré un manual sobre cómo leer fútbol, sintetizar un libro o varios tomos en unas burdas líneas sería maléfico. Pero sí algunos apuntes que, espero, repitan con fervor.

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