Mi abuelo y Miraflores

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Ahora que se nos vienen las elecciones municipales, quiero recordar al Miraflores de la época de mi abuelo. Mi abuelo materno Rafael Ruiz Huidobro Araoz, si bien estudió en el Colegio San Juan de Trujillo, teniendo de compañero de carpeta a Luis Alberto Sánchez, estudió su carrera en Lima y llegó a Miraflores en los primeros meses de 1920. “Me establecí en Miraflores cuando no era sino una aldea, tenía 20 años y recién me había graduado” declaró mi abuelo en una entrevista al diario La Prensa, publicada el domingo 26 de julio de 1970. Efectivamente, se acababa de graduar de “Cirujano – Dentista”, tal como se denominaba en esa época a los odontólogos. Miraflores era pequeño, unas cuantas callecitas y ranchos, nada más. Puso su consultorio en la calle Bellavista –en donde también vivía con sus padres y hermanos. En enero de 1925 se casa con mi abuela, María Cabello, sobrina carnal de Mercedes Cabello de Carbonera y viven en los altos de una casa en la Calle Lima, en donde hoy en sus bajos se encuentra aún la tienda de Donofrio. “La única conexión con Lima era el tranvía eléctrico -decía- que era usado por pobres y ricos”. Mi abuelo recordaba que ese tranvía era usado… “inclusive por el Presidente José Pardo que precedió a Leguía y que vivía en Miraflores”. Imagínense, ¡Un Presidente de la República tomando tranvía para ir a su casa o a trabajar!

Eran otros tiempos y otro Miraflores. Por aquellos años -me contaba mi abuelo- solía pasear por la alameda que hoy lleva su nombre, Don Ricardo Palma, a quien recuerda con aire de refunfuñón, paseando en una silla de ruedas, llevado por una enfermera. Por esa alameda llena de árboles enormes y frondosos, también paseaba con su bastón, con porte militar y marcial, Don Andrés Avelino Cáceres, a quien mi abuelo recuerda a un hombre delgado, bien erguido, con sus blancas y enormes patillas –chulapas como dirían en España- respondiendo al saludo de las personas que con respeto y admiración le saludaban con una inclinación de cabeza. La avenida Larco terminaba en un gran parque –hoy el parque Central- el cual creció cuando se demolió la cuadra de casas frente a la calle Lima y surge la Av. Diagonal y lo que años más tarde se denominaría, el Parque Kennedy.

Mi abuelo siempre se adaptó a la evolución técnica de la profesión, la cual iba desde los rústicos tornos que infundían pavor a los pacientes, hasta las modernas unidades dentales de nuestra época. En sus recibos de dentista, mi abuelo anunciaba: “Instalación eléctrica moderna”. Sobre aquellos viejos tornos mi abuelo decía que todos “le tienen miedo a la máquina, y aunque parezca mentira, los que más miedo le tienen ¡Son los hombres, y no las mujeres!”. Decía que extraer ahora un diente cariado era la cosa más fácil e indolora del mundo: “Antes, sí era bravo, cuando el uso de anestésicos implicaba más riesgos que ventajas… algunos de los pacientes se privaban… ¡Y había que revivirlos!”.

En sus primeros años de dentista, un día le visita una paciente joven pues le dolía una muela. “Abra usted más la boca” le indicó mi abuelo. Pero la paciente abrió tanto la boca que… ¡Se le dislocó el maxilar y no pudo cerrarla! Serio apuro pasó pues era la primera vez que le sucedía algo así en su flamante vida profesional. Sudó frio, dice, porque la paciente era nada menos que María Teresa Leguía, hermana del entonces presidente de la República Augusto B. Leguía.

Mi abuelo siempre fue un hombre alegre con el que cada vez que salíamos a caminar a Larco o a comprar algo, era todo un espectáculo pues era saludado con su nombre por todo el mundo: la frutera, la de los tamales, la de los guargueros, los policías, la Ferreteria de Ridela, la vendedora de café al lado de Donofrio, los mozos de “La Tiendecita Banca”, en “Tubino”, etc. Hubiera sido un alcalde muy querido pero nunca le interesó la política.

Durante toda su vida, mi abuelo cerró el consultorio a las 7pm., para ir al Casino de Miraflores, del cual fue fundador, a charlar con sus amigos: “No falté un día, aquí ceno, y, cuando me retraso algo, los que llegan antes que yo se preocupan” decía. Desde que lo conocí, no recuerdo un solo día que faltara al Casino. Se iba caminando por Larco, hasta el Casino en la alameda Ricardo Palma. Precisamente, un día del mes de noviembre de 1975, caminando por Larco rumbo el Casino, cayó fulminado por un derrame cerebral. Estuvo luchando contra dicho derrame, internado en una clínica local, hasta el 6 de febrero de 1976 que falleció.

En julio de 1970 fue homenajeado por la Municipalidad de Miraflores por haber sido el primer dentista establecido en Miraflores y el más antiguo del distrito. El alcalde Ernesto Aramburu Menchaca le entregó la medalla de Miraflores, el mismo alcalde que semanas antes, un domingo hizo salir mi abuelo de la Municipalidad, recriminándole, pues habían colgado del balcón del municipio, la bandera peruana al revés, con el escudo de cabeza. Así era mi abuelo de patriota y querido, y así era su Miraflores querida, bella, sencilla, en donde todos se conocían, respetaban… y que nunca olvidaré.