[EDITORIAL] ¿Militarizar la seguridad ciudadana?

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La semana pasada varios alcaldes limeños pidieron al gobierno que se declare el estado de emergencia y que salga el ejército a las calles. Que se militarice la seguridad ciudadana. Esta era una propuesta comprensible dada la creciente delincuencia. Traducía también las preocupaciones de buena parte de la población y, de chiripa, parecía una solución simple e inmediata; perfecta para el periodo preelectoral. Total, se podría pensar, que le den vuelta nomás a los delincuentes, ya estamos lo suficientemente hartos como para andarnos con tonterías de derechos humanos y debido proceso.

Esa misma semana en Estados Unidos se reavivaba el debate sobre el tema. En un confuso incidente, un policía –que poco después renunció- había empleado violencia excesiva contra menores de edad que se bañaban en una piscina vecinal. Este, sin embargo, no es un caso aislado. Pertenece a una tendencia de creciente militarización policial que alcanzó su punto más visible en los sucesos de Fergunson el año pasado, cuando un joven desarmado y sin antecedentes penales fue baleado por la policía. Pero no fue solo eso. Según el investigador del Cato Institute Ian Vásquez, “sin dar justificaciones, la policía arrestó a periodistas que cubrían los acontecimientos, acosó físicamente a medios reportando los eventos y lanzó gas lacrimógeno a gente pacífica en su propiedad privada”.

Ha aumentado no solo la intensidad de las reacciones contra sospechosos, sino la frecuencia con que se emplean tácticas militares en la seguridad ciudadana: según Vásquez, hoy las SWAT se usan mayormente para ejecutar órdenes judiciales contra sospechosos de crímenes no violentos. El panorama que tendríamos en nuestro país sería seguramente similar al descrito, pero con el agravante de nuestro déficit institucional. ¿Existe siquiera una utilidad que lo justifique? Según el informe del Senador republicano Tom Coburn, citado por Vásquez, no. ¿Por qué? Por una razón fundamental: los policías están entrenados para proteger ciudadanos, los militares para matar enemigos. Si ambas instituciones están separadas es precisamente porque enfrentan problemas diferentes en circunstancias distintas.

Pero para cualquiera que lo piense por más de dos minutos es evidente que el rol de la policía es solo una parte de la lucha contra el crimen, no su totalidad. Es importante en nuestro país fortalecer la institución de la policía, por supuesto. Hay que proyectar reformas de fondo contra la corrupción en esta pero empezar por cosas más simples como pagar las balas de sus entrenamientos. El problema, sin embargo, no acaba acá. Aun si el sospechoso es capturado, hay una gran posibilidad de que nuestro igualmente corrupto poder judicial lo deje ir. Y aun si es apresado; lo más probable, con mucho, es que la cárcel no lo reforme sino que lo meta más en ese mundo; que salga de ella a como un delincuente rankeado y con más dificultades que antes para dedicarse a otra cosa.

¿Qué hacer entonces? Una respuesta completa al problema sería demasiado amplia para lo que queda de este artículo. Pero se puede mencionar algunos puntos, como la importancia del trabajo de inteligencia para combatir el crimen organizado y la necesidad de cambios profundos tanto en el poder judicial como en el INPE; es inaceptable que las llamadas para extorsionar provengan del interior de las prisiones. Por lo pronto, que el principio de racionalidad haya reemplazado al de proporcionalidad, según el cual no podíamos disparar a un delincuente que nos amenazaba con un cuchillo, es un avance positivo.

Como se ve, la solución es bastante más amplia y compleja. Cuando la gente demanda que se declare el estado de emergencia suele pensar en los efectos que este tendría en los delincuentes, pero no en los que tendría en ellos mismos de ser confundidos como sospechosos o de terminar en un fuego cruzado. Ni suele pensar tampoco en qué tan efectivo sería realmente hacerlo o en qué otras soluciones existen. Militarizar la seguridad ciudadana es justificable de manera temporal en situaciones excepcionales de caos o violencia generalizada. Pero tomarla como regla general, tanto por sus efectos colaterales como por su ineficacia, resulta una solución apasionada y simplista.