Miss Trabajo, por Javier Ponce Gambirazio

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En 1989, cuando la chiclayana Lucila Boggiano fue coronada Señora Mundo, la comunidad trans en Lima se puso de cabeza. A pesar de la edad, podían ser hermosas, soñar con una corona y sentir, al menos por una noche, que la vida no era tan miserable. Para ese entonces ya teníamos una tradición de concursos de belleza trans. Cada año se celebraba el Miss Universo Gay, pero era solo para las jovencitas. Esa vez las cosas cambiaron y se organizó el primer Señora Mundo Gay en un local de la Av. del Ejército. Gracias a que el dueño era hijo de un general de la Policía, no tuvimos problemas con las batidas y, en una insólita mutación de verdugos a protectores, algunos uniformados resguardaron la entrada. La imagen de la noche: las trans llegando escoltadas por los policías.

Pocas semanas después, fui invitado a un departamento sin muebles en San Juan de Miraflores donde se celebró el primer Miss Trabajo. El certamen congregaba a concursantes que carecían de la belleza o la juventud como para aspirar a otras coronas. Eran mujeres trans que soñaban con tener un trabajo decente. Nada más. El presentador las anunciaba como aeromozas, secretarias, cajeras o farmacéuticas. Quizás era verdad que habían desempeñado esas funciones y, luego de su transformación, las habían echado a la calle. Al parecer, la extensión del pelo o el color de los labios tienen un efecto determinante sobre la capacidad de contestar el teléfono, hacer un balance o servir un café. Habrá que investigar.

Han pasado casi treinta años de ese Miss Trabajo y las cosas no han cambiado nada.  Esta semana se me acercó una mujer trans a pedirme que la ayudara a conseguir un trabajo. Me dio su CV y quedé impresionado. A diferencia de muchas que no acabaron el colegio, porque las botaron de sus casas siendo muy chiquillas, ella ocultó su identidad y pudo tener acceso a todos los beneficios de ser ‘normal’, como la educación y el trabajo. Sin embargo, hace un año, apenas su transformación empezó a hacerse evidente, fue despedida de la universidad donde dictaba clases a mitad de ciclo. Como si por usar rímel, de pronto el cerebro eliminara las dos maestrías, el doctorado en el extranjero y toda su increíble experiencia laboral. Todo se fue al tacho y lo único que pareciera quedarle como alternativas son la peluquería o la prostitución. Pero a su edad está fuera del mercado y sus habilidades no son el estilismo, sino las matemáticas. Su infructuosa búsqueda continúa. Si esto le ocurre a ella con el CV que tiene, ¿qué pueden esperar quienes no tuvieron su suerte?

Muchas trans imaginan que esta situación mejorará cuando el dni refleje su verdadera identidad. Sin embargo, lo más importante es el cambio de mentalidad de los departamentos de recursos humanos que insisten en despreciar esta valiosa fuerza creativa. Quizás algún día se hagan realidad las fantasías de ese Miss Trabajo y las trans puedan aportar a la sociedad como cualquier persona. Que paguen impuestos, que tengan seguro, que estén en planilla, que puedan jubilarse y que no tengan que menospreciar su cuerpo alquilándolo al peor postor.

Que cada quien se vista como le dé la gana, que se peine como quiera, que en su vida privada haga lo que le provoque y que se ponga los accesorios que prefiera. Como los empleados de algunas empresas que en Halloween se disfrazan y no pasa nada. Solo debería interesarnos que cumplan con su trabajo. El resto debería darnos igual.

FOTO: GLADYS ALVARADO JOURDE