¿Morales por ser creyentes?, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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“Hay que enseñar religión en los colegios para inculcar principios morales”, me decía un amigo el fin de semana pasado. No era la primera vez que escuchaba algo parecido, de hecho alguna vez escuché una homilía donde el sacerdote aseveraba que la brújula moral del mundo occidental había sido provista por el cristianismo y que incluso ese es el “gran aporte” que los cristianos le dejan a la humanidad. Le prometí a mi amigo que tendría la respuesta completa a su comentario en mi columna.

De hecho usted lo ha escuchado, querido lector. Hay muchos que aseguran que solo se puede ser considerado una persona “buena” si se está suscrito a algún tipo de creencia, sobre todo al cristianismo, en el caso de nuestro país. De ahí surgen las frases como “Fulanito es una buena persona, va a misa todos los domingos” o “Menganita irá al cielo porque era muy creyente”. Ciertamente, Fulanito y Menganita pueden ser excelentes personas, no cabe duda, pero que la imputada bondad es consecuencia de su religiosidad, me resulta difícil de creer. Es más, me animaría a decir que, hasta cierto punto, dicha bondad sucede a pesar de su religiosidad.

Y existen dos razones para ello que desarrollaré en los siguientes párrafos. La primera tiene que ver con la Biblia y la segunda tiene que ver con el verdadero origen del comportamiento “moral”, según lo sostenido por distintos biólogos y antropólogos.

Me remonto, para el primer punto, a mi clase de religión en el colegio. La religión nos la enseñaban como una historia, yendo desde el antiguo testamento hasta el nuevo. El leit motif de todo lo que nos contaban era que Dios era, finalmente, un ser absolutamente bondadoso que todo lo hacía por el bien supremo de la humanidad. Sin duda la idea de amar a todo el mundo entraña un sentimiento innegablemente positivo, pero las historias que buscaban sustentar ese amor, distaban de ser, incluso para el más simple de los análisis, las más “morales”.

Y es que imagínese a un niño siendo introducido a la historia de Abraham, por ejemplo, en la que Dios le dice al citado personaje bíblico que mate a su hijo Isaac. Abraham, obviamente, obedece porque la moraleja de la historia es que hay que obedecer a Dios sobre todas las cosas porque él sabe lo que hace. De hecho, el desenlace es menos trágico de lo que pudo haber sido pues, justo cuando se iba a llevar a cabo el sacrificio, Dios detuvo a Abraham ¿Sin embargo, es una buena enseñanza la que deja la historia? Claramente, no lo es. Hoy el comportamiento de este padre podría valerle prisión por abuso infantil y la simple noción de que algo es “correcto” porque Dios “lo pide” puede ser una lógica aceptada solo entre fanáticos.

Claro, dirán que todo esto es lenguaje “metafórico” (qué fácil tapar atrocidades proponiendo que todo tiene un significado oculto), pero figúrese ese tipo de “ejemplos” para los niños. Y, ojo, esta es solo una muestra. En Levítico, por otro lado, se considera como castigo sensato que tengas que comerte a tus hijos si no escuchas a Dios, se ve la pena de muerte como remedio a desobedecer a tus padres y se ve como legítimo discriminar a alguien por nacer con deformidades físicas. Y ni hablemos de Moisés, un sujeto que lanzó plagas contra los egipcios matando decenas de personas inocentes en nombre de una causa divina (¿Cualquier semejanza con el Estado Islámico y al-Qaeda, es pura coincidencia?). Y el nuevo testamento tampoco sobrevive al más sencillo análisis moral, pero dejémoslo ahí, para evitar extendernos.

Pero hay algo muy cierto, muchos hemos sido sometidos a estas historias y la gran mayoría jamás estaría dispuesta a replicar o a aplaudir (si se dieran en la actualidad) estas moralejas y comportamientos. Así cobra sentido pensar que, como seres humanos, algo intrínseco a nosotros nos hace actuar, en la gran mayoría de ocasiones, con cierta prudencia moral. Y esto a pesar de la religión pues, como vemos, las historias a las que a muchos nos han expuesto no nos han presentado los mejores ejemplos de lo que implica “lo correcto”.

Y acá entra el segundo punto. Bastaría para sostener sólidamente este argumento simplemente darle un vistazo a los axiomas morales que son sostenidos de forma transversal en todas las comunidades humanas (con excepciones en algunos países islámicos donde la religión, justamente, los hace aplicar normas bárbaras). Matar, robar y dañar la propiedad ajena, por ejemplo, son crímenes por los que uno recibiría una pena en cualquier país del planeta, desde el más cristiano, hasta el más secular.

¿Y por qué se da eso? Hay, para pesar de los ciegamente creyentes, explicaciones darwinianas para nuestros impulsos más altruistas, que se remontan a los orígenes de la humanidad. El biólogo Richard Dawkins se explaya sobre todas las explicaciones en su libro ‘El espejismo de Dios’, y demuestra que muchas de estas características también se presentan en el reino animal. Resumiré solo algunas de las explicaciones en aras nutrir de ejemplos el argumento.

Primero está el más básico instinto de preservar la especie. El bienestar de otros miembros de mi misma especie (humana, en nuestro caso) ayuda a garantizar la perpetuación de la misma, por eso la idea de que matar está mal es algo que se lleva dentro de nuestro instinto. Luego está la idea del altruismo recíproco, damos lo bueno que queremos recibir. Por otro lado está el factor del pacto intrínseco que nos proveen nuestras diferencias, la compleción de ciertas tareas básicas para la supervivencia, especialmente en las épocas de las cavernas, hizo que la coordinación y buenas relaciones entre las personas sea fundamental, con la intención de complementar las habilidades de los individuos.

Y todo esto como un impulso programado, que no necesariamente se ejecuta de forma voluntaria. Claro, hay evidentes excepciones a estos axiomas ancestrales que vemos todos los días encarnadas en asesinos, violadores y rateros, pero justamente el hecho de que estas personas existan en detrimento de la sociedad ha hecho, desde hace miles de años, que la idea de aislar a estas personas de la misma, sea la norma para protegerla.

Pero el punto es que existe una serie de elementos que justifican nuestros instintos morales que trascienden la religión y que nos hacen actuar de forma correcta, en muchos casos, a pesar de lo que esta enseña ¿O acaso sentir lástima por un mendigo es algo exclusivo a un creyente? ¿Acaso la indignación por un crimen violento se siente solo en los cristianos? ¿Solo los creyentes le extienden la mano a un desconocido para ayudarlo?

Así, es un poco soberbio que una institución se arrogue la responsabilidad de la moral mundial, especialmente cuando, como en toda organización humana, existen muchas personas que, aunque sometidas a ella, actúan de forma deplorable. Existe una “bondad” humana que no puede ser enseñada, aunque puede ser reforzada simplemente apelando a nuestro más básico sentido de lógica, sin necesidad del aporte de una institución religiosa y los buenos ejemplos a seguir se pueden enseñar en las aulas sin que se apele a un sesgo de este tipo.