Muerte de dos personas jóvenes

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A él lo sacaron del río, ahogado. A ella la recogieron de un estacionamiento.

Él estaba en paro cardio-respiratorio, consigueron reanimarlo. Ellla estaba en coma; no se recuperó.
Él murió esa misma tarde (el 1 de diciembre) en el hospital. Ella, al cabo de unos diez días: cuando los médicos comprobaron la muerte cerebral, sus padres decidieron que el día de su cumpleaños (el 26 de noviembre) desconectaran los aparatos que mantenían algunas funciones corporales. Antes, le extrajeron algunos órganos: había declarado que quería ser donante; la prensa dice que probablemente salvó hasta tres vidas.

Él, de 43 años, deja un niño de 4 años (otras fuentes hablan incluso de dos hijos). Ella tenía 22 años, era estudiante universitaria, quería dar clases en un colegio, estaba comprometida y se iba a casar relativamente pronto.

Sucedió en Madrid, lo de él. Y en Offenbach, en Alemania, lo de ella.

Él era seguidor fanático del Deportivo de La Coruña. Que ese fin de semana jugaba en Madrid. Seguidor de los más radicales, de las barras temidas: los más temibles del Depor, camufladas bajo el nombre de “Los Suaves”; políticamente antifascistas. Primero se dijo que habían sido convocados para la mañana del partido, por whatsapp. Parece que no fue así, sino que las barras fanáticas del Atlético de Madrid, contra el que jugaba su equipo, se dedican toda la noche antes de los partidos a tomar alcohol. Luego, bien armados, van a la zona del estadio a ver si llegan autobuses con barras radicales del otro equipo; de tendencia fascista, los del Depor son antagonistas muy buscados. Así de simple; simplemente a pelearse, a pegarse con los fanáticos del otro equipo. En esa pelea fue golpeado. Y finalmente arrojado al río Manzanares -río de poquita agua- desde una altura considerable. Si se rompió la cabeza por la caída o por los golpes, sólo la autopsia lo habrá determinado. La verdad es que da bastante igual.

Probablemente hubo un fallo grave: el club de La Coruña había comunicado que los radicales no viajaban (era falso: habían incluso comprado entradas todos juntos), la policía calificó por eso el partido como de bajo riesgo, pero la convocatoria fue hecha en abierto, sin cifrado. Fue una pelea multitudinaria, una verdadera batalla campal entre unas 200 personas. ¿No deberían haberla detectado los servicios policiales o al menos no podían haber llegado antes? Hubo ya en ese momento 21 detenidos, en su mayoría de entre 35 y 45 años, nada de adolescentes. Pero la policía no pudo evitar esa muerte. La gran pregunta sigue siendo: ¿qué pasará por la cabeza de alguien así, con un niño pequeño, para meterse en un grupo involucrado muchas veces en peleas simplemente porque los otros son de otro equipo?

Ella, aquel 15 de noviembre, estaba simplemente en un restaurante de comida rápida. Con unos amigos. De repente, de la planta de abajo se oyeron unos gritos, de chica, de adolescente. Bajó con dos amigas y se encontró en los servicios higiénicos, sentadas en el suelo, dos adolescentes (de entre 13 y 16 años, dice la policía), claramente alcoholizadas, acosadas por algunos chicos mayores. Con coraje les grita que las dejen en paz y, en efecto, ellos se retiran. Subieron todos y parecía que, simplemente, se trataba de un episodio más en las noches absurdamente locas de algunos adolescentes y algunos tipos con ínfulas de matones. Salió afuera: algunas mesas y un estacionamiento. Se ve en las cámaras de seguridad cómo el cabecilla de los tipos aquellos, después de acercarse a su vehículo, vuelve hacia donde está la chica. Uno de sus amigos intenta contenerlo; va completamente furioso, quizá humillado; su amigo no consigue retenerlo.

Un golpe a la chica y ella cae al piso; se golpea violentamente la cabeza. Pocos minutos después llega el primer vehículo de la policía; detienen al violento, un serbio de 18 años, que ahora calla por consejo de su abogado; menos de diez minutos tarda la ambulancia; la chica está en coma. Ya nunca despertará.

Él, Francisco Javier Romero, un español. Ella, Tugce Albayrak, de familia turca, nacida en Alemania: fue su padre, ya en los 60, el primero de la familia que emigró de Anatolia. Luego, como es habitual, fueron llegando otros parientes; ahora toda la familia se ha reunido en el hospital, incluso aquel tío de Tugce que se apartó de la familia cuando se divorció. Ante el hospital, mientras está en coma, se reúnen ante la clínica, cada día, entre cien y doscientas de personas, hasta dos mil en algún momento; cuando fallece, en tres días más de 100.000 personas firman la petición al Presidente de la República para que le otorgue póstumamente la más alta condecoración. Como hiciera con aquel ciudadano que, hace unos años, en 2009, fue pateado brutalmente, hasta la muerte, al bajarse del tranvía porque había defendido a unos adolescentes acosados por otros adolescentes matones. Alemania hoy como entonces está conmocionada, como si reconociera en Tugce y en Dominik Brunner lo que todos deberían ser.

Sucedió en la misma semana: en España y en Alemania. Dos países del “Primer Mundo”. Algunos están muy enfermos en ese “Primer Mundo”.

Descansa en paz, Francisco Javier Romero, en esa paz que no tuviste en el último día de tu vida. Pero quizá en algún momento te diste cuenta de la locura a la que estabas contribuyendo, quizá incluso hubo un relámpago de arrepentimiento.

Descansa en paz, Tugce Albayrak, esa paz que buscaste crear también en tu último día consciente en la tierra. Y no te olvides de esta tierra en la que abundan los cobardes: las dos chicas acosadas, que tanto podrían contribuir a esclarecer los hechos, ni siquiera se presentaron a la policía. Quizá temían que sus papás les riñeran por haber bebido más de la cuenta.

Han muerto dos jóvenes. “Una vida demasiado corta”: así tituló el “Frankfurter Allgemeine Zeitung” el obituario de. También la otra vida fue demasiado corta. A él lo sacaron del río. A ella la levantaron del piso de un estacionamiento. Golpes los mataron. Él vivía en un ambiente en que no eran extraños. Ella tenía otros planes. “Odiar no sirve de nada” – dice el tío de Tugce. Pero Tugce queda en la memoria: para vergüenza de tantos cobardes. Y tantas adolescentes estúpidas. Y también tantos fanáticos radicales, que dicen amar el fútbol y sólo conocen el juego sucio.