Muerte en el Paraíso, por Alfredo Gildemeister

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Aquella mañana del pasado jueves 9 de agosto, Elmer sentía mucho sueño. No había podido dormir bien la noche anterior pues se sentía inquieto ante la operación ofensiva que se le había asignado a su grupo de Comando Especial. Luego de un frugal desayuno, tomó su equipo y una vez más revisó sus armas. Todo estaba perfecto. Su arma automática estaba a punto, bien aceitada y limpia. La mochila pesaba pero ya se había acostumbrado a ello. Besó el escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba colgado de una cadenita al cuello y que le regalara su madre hace unos años. Miró con amor la foto de su familia que siempre llevaba en el bolsillo de su guerrera.

Por unos segundos el tiempo se detuvo y volvió a sentirse en el calor del hogar, al lado de los suyos. Pronto salió de su ensimismamiento. El calor era insoportable pero peor aún eran los millones de mosquitos y demás bichos no conocidos, que rondaban permanentemente alrededor de su cara. Creía que la pintura color negra y verde olivo que se había puesto en el rostro les atraía. A él le daba un poco de escozor, pero no había tiempo para pensar en ello. Se puso una tela verde enrollada alrededor de la cabeza para mejorar su camuflaje y recoger el sudor, cosa que le hacía recordar las películas de Rambo, aunque pelear en el VRAEM era muy diferente a las películas de Rambo. La patrulla marchaba por un sendero abierto a machetazos, en medio del tupido follaje de la selva peruana. Se encontraban en medio de la selva alta del distrito de Canayre, Provincia de Huanta, Departamento de Ayacucho.

Allí no se veía nada. Uno avanzaba a ciegas pues cabía que los narcoterroristas estuvieran escondidos en medio del follaje a sólo un metro de uno y simplemente no los vieras, no te dieras cuenta de nada hasta el momento en que te llovieran las balas encima. De allí que mas que el ojo, era el oído el que tenía que estar muy fino y atento, ya que el simple canto de un bicho, el silbido de un ave, su repentino vuelo, el crujir de unas ramas rotas o inclusive el silencio, podía significar la muerte instantánea. Así de crudo y simple.

Aquella mañana marcharon por el medio de la jungla durante unas horas. Pasado el mediodía, la fina calma y la gran tensión que se sentía, fue cortada como por un cuchillo, repentinamente, de cuajo. No supo de donde provenían o de donde diablos salieron los tiros de fusil, ametralladoras y unas explosiones de granadas que sacaron al grupo de su tranquila marcha. Cuerpo a tierra inmediatamente. Los tiros venían al parecer del monte, de la selva alta al pie del sendero. Todos los miembros del Comando Especial empezaron a disparar hacia un sector del monte desde donde al parecer venían los tiros. El fuego era muy nutrido y cada vez mas cercano.

Los terroristas los iban cercando y lo peor de todo es que no se les veía. Un compañero cae repentinamente herido. Elmer se arrastra hacía él para ubicarlo a buen recaudo. Sangra demasiado el herido, pero puede salvarse. En medio del enfrentamiento, Elmer recibe una ráfaga que lo inmoviliza y cae en medio de la maleza. Un par de compañeros tratan de ayudarlo y llevarlo a una zona mas segura. Elmer mira hacia lo alto de los grandes árboles y arbustos, distinguiendo el cielo azul entre sus ramas, mira a su compañero, como que esboza una sonrisa y muere. El suboficial FAP de Tercera Elmer Quispe, del Comando Especial VRAEM, cae asesinado por los terroristas.

Un héroe cae en combate por su patria. Una simple nota de prensa da la noticia en los diversos medios de comunicación al día siguiente. Un muerto más en el VRAEM que se suma a los muchos que ya han caído en combate en esa selva maldita, dominada por los narcoterroristas de Sendero Luminoso. ¿Comprenderán los peruanos lo que ha sucedido? ¿Entenderán que un hombre sencillo y humilde, un simple soldado, ha dado su vida por esa patria a la que tantos critican a diario y a la que muchos corruptos inclusive traicionan? La mayoría de peruanos ni se enteran. Elmer pasará desapercibido como muchos otros que al igual que él, dieron antes su vida por su país.

Unas palabras bonitas de consolación a su familia, quizá alguna condecoración póstuma y eso será todo. Mientras tanto el cuerpo de Elmer sigue tirado en medio del follaje de la selva alta del distrito de Canayre, Provincia de Huanta, Departamento de Ayacucho. ¿Dónde quedará eso? Muy lejos y muy cerca. No esta en un país lejano ni en otro continente. Se encuentra nada menos que en medio de nuestra patria. En ese maldito territorio llamado VRAEM -refugio de narcos y de terroristas al que hasta el momento ningún gobierno ha tenido los pantalones, ya sea por corrupción o conveniencia o simple cobardía- para atreverse a pacificarlo.

Ninguna marcha de apoyo a Elmer ni de protesta ante la extraña incapacidad del gobierno para resolver el problema del VRAEM, ninguna lavada de bandera ni nada por el estilo ocurre hasta el momento. Soldados y oficiales peruanos siguen muriendo continuamente en el VRAEM ante la desidia del gobierno. Peor aún, el gobierno desactivó el comando de inteligencia contra terroristas, el grupo “Divines” de la PNP. La zona de Huanta es hoy tierra de terroristas: “Los Pioneritos”, niños reclutados por los terroristas hace cinco años que hoy ya son “combatientes”. ¿Qué hace el Ministerio de Defensa que no coordina con el del Interior? ¡Basta ya de tanta indiferencia y tanta desidia! ¿Para qué dio su vida Elmer? Para que vivamos en un país en paz.

¿Valió la pena? ¿Qué consuelo les quedará a sus padres? En un país que no reconoce a sus héroes, plagado de frivolidad, corrupción e indiferencia, ¿Tienen lugar los héroes como Elmer Quispe Ríos? Como mencionara en un twitte su compañero Roger Tunque: “Elmer Quispe fue mi compañero de aula durante la secundaria. Estudiamos en el distrito de Colcabamba (parte del VRAEM), Huancavelica. Él luchó por erradicar esta peste que azota cada vez más las zonas más pobres del país”. Como se dice en la FAP: “Los aviadores no mueren, solo vuelan más alto”. Elmer murió en el paraíso de la hermosa selva peruana y ahora está en el paraíso de los inmortales. Vayan estas líneas en homenaje a Elmer Quispe, quien dio la vida por su patria, pese a la indiferencia y olvido de esa patria llamada Perú.

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