Nada personal, por Javier Ponce Gambirazio

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El lenguaje puede ser un creador de contenidos abstractos, pero en su función primigenia es un instrumento que comunica, muchas veces tardíamente, lo que ya existe antes de ser bautizado. Ese retraso condena al limbo de lo innombrable a situaciones frente a las cuales solo queda callar. Como si la ausencia del rótulo respondiera a la normalidad de un fenómeno, o la nula necesidad de nombrarlo.

Con el tiempo se inventa la palabra y el suceso que señala se revela como una novedad. El bullying. Antes carecíamos de la etiqueta, pero el dolor de sufrirlo, el miedo y el desconcierto eran los mismos. Detesto la manoseada palabrita, pero me tranquiliza que el asunto se haya puesto por fin sobre la mesa. Importamos el vocablo y, una vez más, importamos la capacidad para escandalizarnos de aquellos abusos que habíamos tomado por normales y formaban parte de nuestra atrasada dinámica social. Pero si de afuera nos venía la consternación, había que copiarla. Felizmente.

Cuando cumplí 25 años de salir del colegio, volví al escenario sobre el cual mi vida había conocido ese infierno que no se podía comunicar. Ya no era un niño indefenso y los agresores tampoco lo eran. El miedo había caducado y la estrategia de huir, también. Me encontré con un grupo de adultos un poco avergonzados por su conducta pasada. El alcohol bajó sus defensas y uno a uno fueron acercándose a pedir perdón o a disculparse a su manera.

Hubo uno muy sincero que confesó, “gracias a ti no me sentí maricón, tenía terror de serlo, o de que pensaran que yo lo era”. Entonces confirmé lo que siempre había sospechado, que aquellas agresiones no iban dirigidas a mí, sino a un auditorio, a un público que los debía aprobar. Eran una exhibición en la que yo solamente jugaba un papel instrumental, nada personal. Yo representaba el desprestigio y lo opuesto de lo que ellos querían alcanzar. No tiene ningún sentido hacer una enumeración de las barbaridades, pero recuerdo que a solas el trato era otro, bastaba que apareciera alguien para que el formato cambiara.

El acoso escolar es, en muchos casos, un mecanismo para probarle a los demás (y a sí mismos) que son suficientemente hombres, que lo han logrado, que merecen ser aceptados. Muchos adolescentes resuelven sus heterosexualidades a costa del sufrimiento de unos pocos que, no importa si lo son o no, deben jugar públicamente el papel de la negación de la heterosexualidad. Un crio no tiene cómo demostrarle al mundo lo macho que es. Entonces usa vías alternas como la agresión y el insulto a quien podría representar lo contrario.

Y las chicas hacen lo propio con las gordas, las que tienen granos o las que pueden señalar como feas. Es el sicodrama idiota de la adaptación a esa mayoría sometida a exigencias imposibles de satisfacer. Cumple la misma función del chisme y la indignación moralista de los adultos, ponerse a salvo públicamente de lo que se critica.

Fíjese en la exigencia social de cada edad y entenderá el bullying. Y también es verdad que #TodoMejora.

Sin ningún resentimiento fui absolviendo a todos de esas culpas antiguas que permanecían en ellos más actuales que en mí. Yo había olvidado. Todo Mejoró para mí, pero para ellos no. Uno me explicó por qué. Hoy, convertidos en padres, tienen pavor de que sus hijos sufran lo que ellos hicieron sufrir.

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