Nadie está en peligro (I), por Javier Ponce

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Esta semana los congresistas Carlos Bruce y Alberto de Belaúnde presentarán en la Comisión de Justicia y DDHH el nuevo expediente de la Unión Civil. Las reacciones destempladas de quienes se oponen no se han hecho esperar, pero en lugar de repetir la dinámica del ataque, intentaré entender lo que les preocupa.

Una de las recurrencias, además de la cacareada defensa de la familia, es el pánico apocalíptico de que sus hijos sean “adoctrinados” y “convertidos a la homosexualidad” por medio de la “apología gay” que el reconocimiento de derechos civiles para ellos supone.

Comencemos por el temido Adoctrinamiento. Estimado señor Opositor, nadie está en peligro. Ninguna familia se romperá, ningún niño saldrá dañado. No pasa nada. Más daño le hará a su hijo la histeria homofóbica paterna, el aprendizaje del odio y el miedo de no gustarle a usted por cualquier razón, que el hecho de convivir pacíficamente con los demás niños. El amor condicionado no es amor. No haga que su hijo desconfíe de su afecto. No tiene idea los problemas que eso le generará luego en la vida.

Quizás el miedo a que los niños sean homosexualizados nazca del error de llamar Opción Sexual a algo en lo cual no hay elección. Entendamos, a nadie en su sano juicio se le ocurriría optar por el camino más difícil, la marginación, la estigmatización, el insulto y la soledad. Y si, a pesar de toda la información social, educativa, cultural y familiar a favor de la heterosexualidad como única alternativa deseable, siguen naciendo homosexuales a lo largo de la historia y en todas las partes del mundo, es porque la cultura no influye en nada. En absolutamente nada.

El hecho es que tampoco se sabe cómo se origina la heterosexualidad, no hay cómo explicarla. Simplemente existe como una alternativa que se ha conservado en la mayoría de los individuos de la especie, así como se han conservado también las otras características minoritarias. La discusión de si esto responde a un diseño inteligente o a un plan superior tampoco es importante. Porque también podría argumentarse que los homosexuales siguen naciendo porque cumplen una función en las sociedades, y la cumplieron desde la caverna cuando, sin salir a cazar, se quedaban a proteger a las mujeres y los niños de las fieras cuya fuerza hubiera sobrepasado a la capacidad defensiva del cuerpo femenino.

Tranquilícese, señor Opositor, ninguna apertura promoverá o hará que haya más homosexuales. Simplemente la vida de los niños y adolescentes homosexuales será menos difícil. Si no lo cree, puede preguntarle a cualquier homosexual, hijo de padres heterosexuales, hermano de heterosexuales y habitante de un mundo heterosexual donde esto todavía se esconde por terror a ser golpeado y echado a la calle. Pregúntele a cualquier sobreviviente de la homofobia, la presión social, la culpa católica, las amenazas infernales, el aislamiento, los libros de cuentos donde no se sienten reconocidos y los programas cómicos donde son motivo de burla. Le responderá que todos esos representantes del discurso cultural no lograron cambiar su orientación. Y no porque no se haya intentado, sino porque no se puede.

No se corrige lo que no está torcido. Entérese. Que ni con todas las terapias, persecuciones, chantajes emocionales y económicos, amigos que se pierden, agresiones escolares, insultos, escupitajos y abusos de todo tipo, se logra nada. NADA, le repito. Por lo tanto, tampoco se logrará nada con su hijo heterosexual. Cálmese. El efecto de convivir con homosexuales será el mismo: NINGUNO.

Sobre el Peligro para la familia, me ocuparé en mi columna de la semana siguiente.

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