Nadie sabe para quién trabaja… ¿o sí?

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El buscar, conseguir, retener y disfrutar un trabajo es algo por lo que todos nosotros, comunes mortales, hemos pasado a lo largo de nuestras vidas. Tendemos a pensar que aquellos que ofrecen trabajo son las empresas, cuando en realidad, conceptualmente, somos nosotros, la fuerza laboral, la que constituimos la oferta de trabajo. Somos nosotros los que ofrecemos una variedad de profesionales con diferente valor agregado y con distintas aptitudes (y una que otra vez ineptitudes). Por ende, no es sorprendente que busquemos profesiones que, si bien no constituyen nuestra verdadera identidad, sean más que simplemente “algo que hacemos”. Buscamos que nuestro trabajo importe, o en otras palabras, que tenga algún sentido.

Mentes brillantes como la del profesor Dan Ariely, junto con otros investigadores del MIT y la Universidad de Chicago, condujeron una serie de peculiares experimentos que buscan entender cómo esa necesidad de dotar de sentido al trabajo diario influye en la oferta laboral. Para explicarlo utilizaron dos curiosas herramientas: una serie de letras aleatorias sin sentido desparramadas en una hoja de papel y Legos de los personajes de Bionicle (sí, leyeron bien: legos y Bionicle). Antes de despejar lo que estoy segura es una serie interrogantes respecto del rol de los legos en esto, debemos definir qué es lo que, según los autores, implica que algún trabajo tenga “sentido”. Se necesitan dos características: un trabajo con sentido debe ser reconocido (alguien en alguna parte del mundo reconoce que el trabajo ha sido completado)  y tener un motivo (el trabajo debe estar claramente conectado a algún objetivo, el cual podría o no podría ser del interés del que lo realiza).

Dejaremos el caso de las hojas de papel pendiente, porque este experimento  merece su propio espacio. La idea era sencilla, convocar a una serie de estudiantes de Harvard para que armaran Bionicles. Se les indicó que se les pagaría $2 por armar uno de los muñecos (perdón, figuras de acción) y, una vez finalizado, se les ofrecería la  posibilidad de armar otro idéntico por 11 centavos menos. Esta propuesta se repetiría cada vez que terminaran, pero por 11 centavos menos por supuesto. Sólo existía una particularidad: mientras que a un grupo de alumnos (a los que producto de una mala traducción llamaremos “con sentido”) se les indicó que cada vez que terminaran de armar un Bionicle lo colocaran sobre la mesa de manera que se acumularan uno al lado de otro, a un segundo grupo (muy astutamente llamados “los Sísifo”) se les indicó que cada vez que armaran un Bionicle, este sería desarmado y colocado en una caja, de la cual deberían volver a tomar las piezas y reconstruirlo.

A pesar de que la tarea era exactamente la misma para ambos grupos, los del grupo “con sentido” construyeron en promedio 10.6 Bionicles, lo cual les reportó un salario promedio de $1.01 por pieza, mientras que “los Sísifo” sólo construyeron un promedio de 7.2 de los mismos (salario promedio de $1.40 por pieza). En otras palabras, aquellos cuyo trabajo no sólo carecía de sentido sino que era destrozado ante sus ojos a cada segundo exigieron más en promedio por cumplir con tal desmotivadora tarea. Se trata de una evidente demostración de la necesidad que tiene el ser humano de buscar sentido a aquello que hace y, si no lo encontrara, de los mecanismos de compensación que exige. Se concluye por ende que conformamos una fuerza laboral exigente, pero más importante, una que busca ser trascendente.