Nadie tiene corona, por Eduardo Herrera

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Esta semana dos noticias remecieron al mundo. La primera, aquella que dio cuenta del encarcelamiento del cuñado del Rey de España por corrupción y su posterior ingreso a prisión. La segunda, la relacionada a la detención del Presidente de la transnacional Audi por fraude.

En el Perú el intento de aplicar la justicia a los “poderosos” ha sido, por decir lo menos, bastante discreto. Se ha intentado varias veces dar sanciones de este tipo, pero sin resultados contundentes.

Tengo la impresión que todos los recientes intentos de encarcelar “grandazos” ha partido de la virulencia ciega, de actuaciones acomplejadas, sin estrategia y más dirigidas a un afán protagónico preocupante. Creo que no hablo de la especulación, me temo que los hechos parecen darme algo de razón.

Todo esto ha dejado una sensación de impunidad en toda la colectividad. Diera la impresión que actuar de manera corrupta, sale a cuenta. Visto así podría afirmar que en el Perú sí hay coronas.

Lejos de afinar adecuadamente el sistema de administración de Justicia con todo lo que eso involucra, nos hemos ocupado -nos seguimos ocupando- en producir normas. Una norma cada seis minutos, es el promedio según estadísticas certeras. Pero si no existen sanciones eficaces, ni para todos quienes se merecen una sanción, la norma queda relativizada e ineficaz. Se impone entonces la frase típica del tránsito limeño cuando buscamos librarnos de la multa “Jefe por qué me pone la papeleta a mí y no al de la combi” (o el taxi también infractor); la comparación con el otro, el que sale bien librado, hace que no se sienta la Justicia.

Veo, cuando estamos próximos al bicentenario del país, una república institucionalizada, en donde la Justicia es el primer pilar -porque además la Justicia no es solo sanción, es también equidad e igualdad de oportunidades, por ejemplo- una república en todo el cabal sentido de la palabra, en donde no existan coronas, ni reyes.

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