Navidad “In Bruges”, por Álvaro Martínez

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La Navidad es un evento anual de popularidad innegable y, como tal, ha encontrado un lugar importante en distintas representaciones culturales entre las que el cine ocupa un lugar prominente.  Si pensamos en contar historias, las postrimerías del año poseen un valor propio, con símbolos y ritos que, si bien no responden siempre a largas generaciones de herencia y tradición, sí suponen convenciones que ya sea que se refuercen, o nieguen, o ironicen, se pueden introducir en diferentes relatos adquiriendo nuevos significados.

Existe, así, una gran variedad de películas que nos recuerdan a la Navidad: clásicos como Milagro en la calle 34, Qué bello es vivir o las numerosas adaptaciones de Un cuento de Navidad; algunas de las más recurrentes en televisión como Mi pobre angelito o El regalo prometido; y otras menos convencionales, pero con muchos seguidores, como Duro de matar o Gremlins.  Sin importar, entonces, nuestra actitud hacia las fiestas, hay grandes posibilidades de que encontremos una opción que se adecúe a nuestro humor.

In Bruges se adhiere al grupo de propuestas menos convencionales y, aunque se trata de una comedia, escapa visiblemente al formato familiar navideño.  De hecho, más allá de que la historia se desenvuelve cerca de Navidad, no parece existir, en principio, una mayor gravitación de la fiesta en la película. Sin embargo, a partir de la carga significativa intrínseca a la Navidad se pueden empezar a hilar situaciones y personajes y dar una lectura al film que revela la coincidencia como mucho más que algo meramente llamativo.

Como el título refiere, la película tiene lugar en la ciudad de Brujas, en Bélgica, un centro histórico que mantiene su carácter medieval y desde ese hecho mismo recuerda ya un tiempo místico y lejano.  Ken y Ray (interpretados por Brendan Gleeson y Colin Farrell respectivamente) son dos asesinos que llegan hasta ahí para pasar desapercibidos durante un tiempo después de que un trabajo en Londres ha salido mal, mientras esperan indicaciones de Harry, el hombre para el que trabajan, quien además ha organizado los detalles de su llegada a la ciudad belga.

La relación entre Ken y Ray tiene una apariencia filial que surge de manera espontánea por la brecha de edad que existe entre los dos, que al mismo tiempo acentúa sus diferencias desde la experiencia de vida.  Ken, por ejemplo, está fascinado con la ciudad, disfruta de la arquitectura, de la calma; Ray es más impetuoso, define la ciudad como un “hoyo de mierda” y solo se siente interesado por cosas triviales como un enano que participa en una película, u otras más carnales como una chica que es también parte de la producción.

La película de Martin McDonagh, hermano menor del también cineasta John Michael McDonagh, se nutre de referencias y construye un humor negro y atractivo.  La disposición moral de los personajes se revela de forma muy tangible, a pesar de su complejidad, y se relaciona incluso con objetos particulares o situaciones particulares que además de prestarse a la risa (negra, claro está), adquieren también un peso narrativo que se hace ostensible a medida que el relato progresa: excede lo funcional y utilitario. Entre armas, muertes, asesinos y palabras rudas se parece aludir a la Navidad sólo de forma muy distante, un recuerdo vaporoso y poco importante, pero es en esa frialdad, justamente, que todo empieza a cobrar sentido.