Ni honor ni dignidad, por Raúl Bravo Sender

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Alan García Pérez decidió poner fin a su vida. Los motivos los explicó en una carta firmada y con huella. Cuestionar tal decisión significaría invadir la esfera de libertad que todos gozamos. Sin embargo, los móviles que la impulsaron, sobre todo los que se fundarían en una suerte de acto de honor y dignidad, creo que merecen unas líneas por el mensaje que se le estaría dando a la sociedad, sobre todo por la manera en que los militantes de su partido los interpretan.

En el contexto de las exequias de AGP los peruanos hemos sido testigos de unos comportamientos por parte de los militantes apristas que no debieran sorprendernos por los antecedentes. Los funerales de su líder pudieron ser la oportunidad para reencontrarse con el pueblo al cual pretenden representar. Intentaré explicar algunas de las actitudes que creo los alejan de su objetivo de volver al poder “de cualquier manera”, como supo manifestar el aún adolescente Federico Danton.

Soberbia y fanatismo. Esa creencia, disciplinadamente adoctrinada a temprana edad, de sentirse los salvadores de la patria y de tener a su líder en un pedestal, como si fuera una deidad y que nadie puede cuestionar so pena de sufrir el ostracismo. Bajo estos parámetros han logrado edificar una estructura política vertical, rezago de las prácticas fascistas de culto al líder. Anuladas las individualidades, cada militante está dispuesto a inmolarse ofrendando su vida –e inclusive su libertad- por salvar al caudillo.

Bravuconería. Aquella confrontación física de cuerpo a cuerpo, que se remonta a las fuerzas de choque de los búfalos, y por la cual asumen que por propinar golpes o alzar la voz, son dueños de la razón. Irracional estilo de hacer política, que al mismo tiempo constituye una herramienta empleada para amedrentar a sus oponentes. Un descolocado Ollanta Humala lo experimentó en la casa del pueblo. El partido aprista, desde sus orígenes, se ha caracterizado por ser un partido de masas descontroladas.

Espíritu de cuerpo y sectarismo. Que los impulsa a cerrar filas entre sus militantes. Una vez en el poder, el Perú les pertenece. Realmente no es hermandad lo que los une. En el fondo, dicha organización se convirtió –las veces que fue gobierno- en una agencia de empleos estamental sólo para los que tenían el carnet de la estrella. Práctica que desafortunadamente se ha generalizado en los demás partidos. Es ese sectarismo, el mismo que erradamente los inclinó a negar los honores presidenciales del Presidente Martín Vizcarra, el que los ha terminado distanciando de los intereses populares que alegan representar.

Pues bien, AGP, en su carta literalmente expresó que les dejaba su cadáver como una muestra de desprecio a quienes –sin mencionar nombres- consideró como sus adversarios. Habría que recordarles a los militantes del apra que en aquellos con quienes su máximo líder rivalizó, miles de peruanos se sienten representados. En otras palabras, AGP les dejó –despreciativamente- su cadáver no sólo a sus contrincantes sino a los seguidores de éstos. Desafortunadas expresiones que no hacen más que profundizar las diferencias en nuestra sociedad.

El único responsable de la partida de AGP es el mismo AGP. Ni los jueces, ni los fiscales, ni el gobierno, lo son. Se equivocó Alfredo Barnechea en ello. Quizás al ahora acciopopulista le ganó –en un contexto que no daba para un discurso de tal naturaleza- el querer robar un poco de protagonismo –¿asegurándose un bolsón electoral?- de cara a las elecciones del 2021.

Es comprensible que los apristas lloren a su líder. Pero de allí a victimizarlo, resaltando en su último acto valores como los de honor y dignidad, convirtiéndolo en héroe, me parece un exceso. En vez de caer en el oportunismo de capitalizar esta tragedia, con pretensiones electoreras, debieran aprovechar la oportunidad para evaluar de su comportamiento con el país. Pues es de hombres dignos y honorables afrontar la justicia si se sienten inocentes. Los peruanos esperábamos que lo hubiera demostrado.

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