Ni inocentes ni culpables, por Gonzalo Ramírez de la Torre

"Liberar a las personas de toda responsabilidad por los contagios y sacar la agencia de los individuos de la ecuación epidemiológica es harto imprudente".

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Una de las muchas críticas que viene recibiendo el Gobierno en las últimas semanas tiene que ver con la supuesta insistencia del presidente Martín Vizcarra en “culpar” a la ciudadanía de la expansión del nuevo coronavirus. Según parece, quienes plantean esta posición distinguen en la actitud del jefe del Estado –reiterada, en distinta medida, cada vez que se pronuncia públicamente– la intención de lavarse las manos de cualquier responsabilidad que pueda tener su administración de los resultados adversos que todos conocemos (más de 104.000 contagios).

Sin embargo, aunque es evidente que “culpar” a las personas por contagiarse puede ser sumamente mezquino y hasta inhumano, liberarlos de toda responsabilidad y sacar la agencia de los individuos de la ecuación epidemiológica es harto imprudente. De hecho, la principal falla del Ejecutivo, especialmente en las últimas semanas, ha sido administrar medidas para paliar el alcance del COVID-19 sin tomar en cuenta la verdadera capacidad que tendrían las personas de cumplirlas, en gran medida condicionada por factores económicos.

La planificación bien intencionada no desembocó en aquello que los funcionarios públicos esperaban y esa no es ninguna novedad. ¿Hizo bien el Ejecutivo en recetarle al país una estricta cuarentena? Por supuesto, pero esta alcanzó su límite hace algunas semanas y hubiese sido positivo que lo reconocieran y concentrasen sus esfuerzos en un plan B.

No obstante, a menos que el presidente diga lo contrario en las próximas horas, el aislamiento (o por lo menos su versión más radical) terminará en pocos días y se hará más vital que nunca que cada peruano reconozca la responsabilidad que tendrá en la evolución de la pandemia. Extintos algunos de los controles, dependerá de cada uno qué tanto se arriesga a la hora de recorrer espacios públicos y en qué medida amenaza el bienestar de quienes lo rodean.

El presidente y su equipo han hecho (y hay que reconocerlo) todo lo que sus limitaciones les permitieron, con errores y aciertos por todos conocidos. Ahora les tocará acompañar el eventual cese de la cuarentena con vigilancia en los potenciales focos de infección (como los mercados y el transporte público) y ofreciendo información oportuna y coherente sobre el desarrollo de la crisis y las precauciones que individualmente tengamos que tomar.

Aunque siempre fue así, ahora es más evidente que cada uno tendrá un grado incidencia en adónde vayamos a parar. No seremos culpables de lo que viene, pero de ninguna manera seremos inocentes. Mejor tenerlo claro.

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