Ni perdón ni olvido, por Valeria Burga

«Debemos entender que los senderistas se han disfrazado de demócratas y que la muerte de su líder no es símbolo de nuestra victoria. Este país ya no es libre por una sencilla razón: Abimael Guzmán está sentado en el Palacio de Gobierno».

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El 11 de septiembre de 2001, la agrupación islámica, Al Qaeda, desarrolló una serie de atentados que dejó en escombros a las torres gemelas del país norteamericano. Como si se tratara de una paradoja, 20 años más tarde, Abimael Guzmán, el responsable de edificar la torre más cruenta en la historia peruana, perdió la vida.

A vísperas de lo que sería un año más de su captura, las coincidencias llegan como un recordatorio de la peor etapa del Perú: el terrorismo; aquella en la que inundaba el miedo y la desdicha. Sendero Luminoso, un grupo subversivo con ideas erradas, tomó fuerza en el interior para luego derribar todo a su paso sin piedad.

Hemos llegado al punto en el que se dice que hubo “terrorismo de Estado”. A ese nivel se busca ocultar el baño de sangre de más de 32 mil personas. Ellos jamás fueron selectivos: amedrentaron en provincias y ciudades, a mujeres, niños, campesinos y empresarios. Prueba de ello son sus famosos atentados en canales de televisión, torres eléctricas o lo que más se recuerda: la bomba en Tarata y la masacre de Lucanamarca.

Luego de la captura de Abimael y su cúpula senderista en 1992, se pudo vencer la primera guerra. Sin embargo, los estragos del terrorismo aún se expanden en partículas. Con el tiempo, la agrupación infiltró sus ideas en todos los estamentos de la sociedad por medio de su afanada “lucha de clases” y utilizaron  a los más  pobres para perpetuar el poder.

Perdimos la batalla ideológica. El “pensamiento Gonzalo” está instaurado en la mente de nuestras autoridades o, mejor dicho, enemigos letales que arribaron a base de manipulación e ignorancia. La población se olvidó del sufrimiento, la muerte en las calles, los cuerpos apilados, la desesperación y el horror característico de esa época. Realmente, la “memoria” y la “dignidad” son selectivas.

No hay medias tintas cuando se trata de condenar el terrorismo. El silencio prolongado de quienes nos gobiernan es preocupante, pues tienen la obligación de demostrar rechazo contundente y, una vez más, han decidido esquivarlo. Era una buena oportunidad para desmarcarse de las acusaciones que los persiguen, pero prefieren continuar atados a lo que son: pro senderistas en busca de la inmunidad eterna, admiradores a hurtadillas del  genocida histórico.

Es absurdo y hasta risible el hecho de debatir qué hacer con el cuerpo. La respuesta es tácita si se trata de la muerte del cabecilla de una organización que destruyó al país ¿o el objetivo es alabarlo eternamente? Pedro Castillo insiste en mantenerse distante, con mensajes incompletos y palabreos innecesarios. Al menos podemos confirmar de qué lado está, por si a alguno no le quedaba estrictamente claro.

Debemos entender que los senderistas se han disfrazado de demócratas y que la muerte de su líder no es símbolo de nuestra victoria. Este país ya no es libre por una sencilla razón: Abimael Guzmán está sentado en el Palacio de Gobierno . El día que decidamos derrocar esa ideología, el tiempo ya tendrá la ventaja: un obstáculo insaciable mas no imposible.

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