Niños resilientes a la muerte, por Verushka Villavicencio

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El film “La vida es bella” de Roberto Benigni es una genuina expresión de la búsqueda de un padre por conservar la paz de su hijo, mientras ambos están internados en un campo de concentración nazi y desconocen su futuro. Guido Orefice, interpretado por el mismo Benigni, preserva a su hijo del horror del holocausto y la muerte diaria de cientos de judíos en las cámaras de gas. Le hace creer que viven un juego con puntajes entre equipos para ganar un tanque de guerra de juguete. Y todo el film se articula magistralmente para este fin. Pero, en nuestra realidad, ¿cómo podemos explicarles a nuestras hijas e hijos sobre la muerte debido a la pandemia?

Hasta el cierre de mi artículo, las cifras de personas fallecidas en el Perú -según el Ministerio de Salud-, son 9.860 y de seguro cuando leas este texto, ya habremos pasado los 10 mil. Detrás de cada número, existió una vida y existe una familia. Entonces, ¿cómo abordar la muerte ante las niñas y niños en estas familias?

En la web de UNICEF para América Latina y el Caribe, se explica que es importante identificar los procesos de privación y aflicción, antes de hablar con nuestras hijas e hijos, de acuerdo a sus edades. El primero, implica la pérdida de algo que se puede recuperar; y en el segundo, se trata de perder algo que es irrecuperable. Ambos procesos están desarrollándose en paralelo en nuestros vidas. Aprender a identificarlos para asumir una posición madura frente a ellos, ayudará a transmitir a nuestros hijos una posición de resiliencia frente a la dureza de estas circunstancias.

Enseñarle a una niña o niño a afrontar la realidad de la muerte de un ser querido es duro, pero es la única forma de preservar su desarrollo. Los especialistas recomiendan que una señal de sano afrontamiento es que vean a sus padres condolidos y que participen de este momento. Se trata de compartir el dolor junto a él, así como se comparte la alegría y la esperanza. Es importante dejar que exprese sus sentimientos de forma expontánea y dejar que fluya un abrazo que lo acoja y haga sentir seguro. No hay formulas, se aplica ese instinto que hace que los padres y madres accionen mecanismos para proteger a sus hijos. Para el psiquiatra infantil Jorge Barudy, se trata del “apego seguro”, que es la capacidad instintiva que tienen las madres y padres para responder a las necesidades de sus hijos. Así, vivir un duelo acompañando a nuestros hijos, compartiendo con ellos el dolor de la pérdida es también una forma de compartir amor en medio del dolor.

El duelo ante la muerte descubre también zonas que los adultos tenemos que trabajar para educar a nuestros hijos: el autoconocimiento y el autodescubrimiento.

La primera corresponde a nuestros valores y la segunda implica ubicar el sentido de nuestros vidas respecto a lo que somos y queremos ser. Ambas zonas se amalgaman y dan forma a lo que hacemos cada día.

En suma, construir resiliencia no es un proceso sencillo sino una ruta de vida, un ejercicio diario que hoy la pandemia nos lleva a ejecutar aceleradamente. Pero, para enseñarles a nuestras hijas e hijos a ser resilientes, lo primero es serlo nosotros de forma consciente. No basta con ejecutar acciones que equilibren la economía del hogar, pues se trata también de un estilo de vida asociado a nuestros valores y al impacto que queremos dejar en el mundo.

En Tiempos del Coronavirus, la nueva normalidad demanda que seamos creativos como resultado de nuestros proceso de resiliencia con espacios dentro del hogar para jugar, reír, conversar, darnos afecto, expresar nuestras penas, pero sobre todo, la resiliencia es darle un sentido a nuestra vida. La resiliencia es nuestro nuevo derecho como humanidad que nos ayudará a afrontar la muerte como a vivir la vida. Podemos ser los mejores protagonistas de nuestra historia con nuestras hijas e hijos, porque la vida es bella.

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