[EDITORIAL] No a la violencia

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Ayer, que celebramos en varias latitudes el día del padre, se publicó en el diario “El Comercio” una encuesta elaborada por IPSOS que claramente hace alusión a los hombres, a aquellos que mañana más tarde, ejercerán la paternidad. Me refiero a la encuesta sobre la violencia sexual que -en sus distintas modalidades- sufren las mujeres.

Lo más resaltante de esta encuesta es que el 72% de limeñas considera que se debe agredir a los acosadores, es más, según declaraciones de la ministra Ana Jara, hay que utilizar “clavos y agujas” para repeler estos ataques, tampoco se hizo esperar la reacción de nuestra alcaldesa quien afirmó que “las niñas ahora tienen en los parques zonales clases de karate y judo para sacarle la mugre a quienes se atreven a ponerle un dedo”. Estas “alternativas de disuasión” –porque soluciones al problema no son- para algunos resultan exageradas, pero gozan de mucha popularidad y se han planteado antes en modalidades más agravadas y frente a situaciones de sumo más lesivas, como la castración o pena de muerte contra el violador sexual, por poner un ejemplo.

Nadie puede negar el hecho de que vivimos en tiempos violentos y la violencia siempre genera daño, humillación, sometimiento, vejación e incluso la muerte. Todos la condenamos y nos lamentamos cuando vemos que alguien -más aún si esta persona por sus circunstancias y condiciones se encuentra en una particular situación de vulneración – es víctima de ella. Pero, ¿qué hacemos al respecto? ¿cómo pensamos solucionar este problema? Estas cuestiones son las que nos llevaran, junto con otras seguramente, a definirnos y reconocernos como la sociedad que somos o que queremos ser.

Y lo cierto es que muchas veces somos cómplices de esta violencia y la permitimos incluso premiándola -con más sintonía o publicidad- a diario en nuestras propias casas y delante de nuestros hijos o seres más queridos. ¿Es que acaso no es violencia contra la mujer el someterla a exposición de su cuerpo como cualquier objeto para complacer el morbo masculino, o contra el varón que es expuesto semidesnudo frente a una conglomeración de jovencitas?. Secuencias como “El Nalgómetro” o los tan criticados como vistos y publicitados programas “Combate” o “Esto es guerra”, así como un sin fin de secuencias en distintos programas a lo largo de todo el día o la publicidad misma que a vista y paciencia se nos presenta por donde vamos, son muestra concreta y tangible de toda esta violencia que nos invade y sobre la cuál no alzamos nuestra voz. ¿Dónde están las propias mujeres o las organizaciones que dicen defenderlas, que dicho sea de paso cuentan con vastos recursos? ¿Por qué no se pronuncian y denuncian estos hechos? ¿Es qué acaso es tan difícil darse cuenta que este tipo de programas o publicidad no hacen más que fomentar tocamientos, acoso sexual y más violencia?

Hay que enseñar a nuestros hijos –hombres y mujeres- que las personas no somos objetos y que no se nos puede tratar como si lo fuéramos. Hay que educarnos y la educación es una tarea social, que empieza en la familia –célula y base fundamental de la sociedad- pero también del Estado que tiene la responsabilidad de garantizarla y procurar que llegue a toda la población, y finalmente de toda la sociedad en su conjunto y de esto no se escapan los medios de comunicación.

Segregar por razón de sexo, como se pretende hacer en los buses del metropolitano, podrá ser un tapón temporal al problema, pero nunca una solución seria y real, pues lo que esto nos transmite perniciosamente a toda la sociedad es que el hombre es un animal que no puede controlar sus instintos y esto es negarle su dignidad, su libertad, su razonabilidad. Es negarle su condición de ser humano y rebajarlo, denigrarlo. Y a esto le decimos categóricamente NO.