No a las drogas, No a la carne, No al cigarro, No al alcohol, por Michel Hoffmann

La valoración de opiniones personales sobre las ajenas es un acto poco ético. El individuo debe ser libre de decidir por cuenta propia que consumir y ser responsable de sus actos. La experiencia científica es un gran aliado para demostrar que las políticas represivas no traen efectos positivos.

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Allá por marzo, al inicio de la pandemia, en España se agotaba rápidamente el papel higiénico, las harinas y los tintes para el cabello. Desde Malasia llegaban noticias que la producción de preservativos no era suficiente para la creciente demanda mundial. En los Países Bajos los compradores fueron masivamente a los coffee shops en busca de cannabis. Aquí en Perú también hubo quien se “stockeo” con marihuana, sin embargo, del mercado ilegal.

En los Países Bajos, la venta de cannabis es legal. Se vende libremente a los mayores de 18 años en los llamados coffee shops, aunque nunca más de cinco gramos por persona y día. Aquí en Lima, la noticia fue que una persona era detenida en su departamento en Miraflores puesto que “arrojaba paquetes de marihuana” a sus clientes desde el octavo piso de su edificio. También fueron capturados en Bellavista los llamados “Chef del Cannabis” con trufas y brownies de cannabis sativa.

En el Perú, el tráfico ilícito de drogas está regulado y comete un ilícito quien “promueve, favorece o facilita el consumo ilegal de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas mediante la fabricación o el tráfico…” Este delito está sancionado con una pena de cárcel de 8 a 15 años por drogas como pasta básica de cocaína, clorhidrato de cocaína, marihuana, éxtasis, y otros.

En esta línea de pensamiento, en nuestra sociedad, muchos ciudadanos creen que prohibir la venta de drogas es justificable puesto se está protegiendo a la persona; “es por su bien”.

Pero, ¿es el papel del estado proteger al individuo de que consuma drogas y se haga daño el mismo? Hay quien pueda considerar que, según sus convicciones morales, el consumo de drogas es peligroso y dañino para la sociedad. Por ende, es deber del estado reprimirlo. Sin embargo, ¿es correcto trasladar las convicciones individuales a la esfera pública?

Como individuos libres, las personas que quieran consumir drogas deben estar informadas de las consecuencias de su consumo, ser responsables en su uso y cargar con sus costos. Para las personas que consideran repudiable el uso de drogas, simplemente no las consuman. Por el contrario, esta persona podría promover una cultura de “vida saludable” o manifestar su descontento abiertamente en forma de protestas pacíficas. Abogar por una penalización más drástica o impedir que la misma se legalice, –en contra de la evidencia científica– simplemente por una convicción moral, es una violación a las libertades individuales de la persona.

En esta discusión de prohibiciones, los narcotraficantes siguen estando de lado de las personas que impiden su legalización, pues si son legales, se les termina el negocio. Además, el negocio del tráfico ilegal de drogas, se realiza muchas veces en complicidad con los gobernantes de turno, quienes “prestan” la logística y dan la protección necesaria para sus comercios. Si su preocupación es que, al legalizar el consumo, el mismo va a aumentar, esta hipótesis ya ha quedado largamente descartada en los países y estados donde se ha legalizado el consumo de drogas.

Por último, obligar a una persona a comportarse según “mis creencias” es un acto poco ético, donde en última instancia ponemos siempre “nuestra” visión del mundo por encima de la ajena. O en las palabras del filósofo Jean-Jacques Rousseau: “Todo lo que yo siento que es bueno, es bueno; todo lo que yo siento que es malo, es malo.”

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