No es obediencia… es responsabilidad, por Eduardo Herrera

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Mi padre falleció hace ya casi once años. En mi vida, incluso con mi padre vivo, por cierta afinidad a algunas otras personas que intenté sumar a su figura, pero que nunca pudieron reemplazarlo (porque no era la finalidad). Busqué y encontré –escogí– amigos viejos que me premiaron con su consejo maduro y oportuno.

Viví en la casa de mis padres hasta que cumplí cerca a los veintiún años. Quería mi independencia y casi casi salí disparado apenas pude. Mi padre, antes de irme, soltó la siguiente frase en un tono muy ceremonial: “te he criado para este momento en el que puedas asumir tus responsabilidades”. No es que antes de mi emancipación careciese de libertad (aunque, honestamente, había momentos en que me sentía en un régimen carcelario estricto), simplemente vivía entorno a reglas que debía aceptar dada mi minoría de edad y dependencia.

Me cuesta creer hoy en día que perciba alrededor la continua búsqueda de un padre para que dirija nuestras vidas. Nos hemos acostumbrado a votar por un padre para que nos salve y nos de la salida a todos nuestros problemas. Ni siquiera por una madre, siempre un padre. Un padre recto, vertical y que no explica razones; un padre que te castiga si es que no cumples.

“La gente no obedece, por eso estamos así”, esta vez es la frase más repetida de la temporada. Nótese primero el recurso a la “otredad”. Si me miro al espejo yo, el crítico, siempre seré obediente y tú –el criticado– serás el salvaje, el desadaptado que se aleja del buen camino y, de paso, me termina de joder. Por tu mal comportamiento me castigan a mí también porque somos una suerte de hermanitos-siameses.

Pues yo no obedezco. No obedezco a “nadie”, simplemente obedezco a mi conciencia. Sigo el dictado de aquella famosa frase de Martin Luther King que termina concluyendo en que la decisión es ir hacia lo correcto; a pesar de que pueda ser no popular, no político e incluso no seguro.

Parto del concepto de la responsabilidad, aquel hueso duro de roer que viene con la ansiada libertad. Si eres ciudadano y adquieres derechos, prepárate para los deberes, pero no para cumplir una norma o para quedar bien con un jefe o padre, hazlo simplemente porque es lo correcto, porque estás convencido de ello. Da igual si la norma dice “a” o “b”. El mundo no necesita normas (no más); necesita libertad y responsabilidad como parte de un equilibrio: la carne viene con hueso.

Ejerciendo el respeto incondicional puedo aceptar que existan personas que necesiten un padre en la figura de una autoridad política, allá ellos. No me incluyan, no es mi caso. Me hago cargo de mis circunstancias para bien o para mal. Pienso que debemos aspirar a ser libres ahora que, paradójicamente, estamos tan cerca de recordar 200 años de ese grito de libertad que, ojalá, traiga un poquito más de responsabilidad.

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