No hay política sin comunicación

785

Hace un par de semanas los socialistas españoles celebraron los 40 años de su mítico Congreso de Suresnes, lugar donde el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se reformó, para ser más precisos: se refundó de cara a la transición democrática que estaba a la vuelta de la esquina en España con un entonces muy delicado Franco casi tan débil como su régimen.

Lo que nos dejó ese Congreso, además de los nuevos consensos en las posturas ideológicas, fue un cambio generacional radical en la dirigencia del PSOE. Se otorgó la dirigencia del partido a un grupo valioso de jóvenes militantes entre quienes destacaban el entonces joven andaluz de 35 años, Felipe González quien fue elegido Secretario General del Partido y su fiel escudero Alfonso Guerra.

En la celebración de los 40 años del mencionado congreso tuve la oportunidad de escuchar en directo tanto a Felipe González, quien ejerció la presidencia del Gobierno español durante catorce años, como a Alfonso Guerra, vicepresidente de España por nueve años. Es indiscutible que la sangre política recorre las venas de estos políticos de fuste. Son capaces -incluso con un discurso pausado más propio de su edad- no solo de abordar y sentar postura de manera muy clara sobre cada uno de los puntos de la política actual española; sino que son conscientes de algo aún más importante: que las cosas en política no pueden ni deber ser percibidas y comprendidas solo a través de la información. La comunicación política exige -de quien ejerza el liderazgo- explicación y por tanto pedagogía así como simplificación argumental que son necesarias para que las ideas se entiendan pero sobre todo, se sientan.

Estas enseñanzas parece que no tuvieron en Pedro Sánchez a un alumno aplicado. El novísimo secretario general del PSOE, elegido hace tan solo cien días, tuvo a cargo el discurso de cierre. Abordó temas transcendentales para una España en crisis no solo económica sino política y social; sin embargo, con una comunicación más bien limitada cada una de sus propuestas fueron perdiendo peso pasando casi inadvertidas por un auditorio más bien desanimado, aplaudiendo sin sentido (o quizá con el único sentido de quien se siente obligado ante su Secretario General). Pedro Sánchez no se ha enterado que la persuasión está en el corazón de la comunicación política y que el líder tiene la tarea de convencer al receptor de dicha comunicación, que para obtener espacios de ejercicio debe primero luchar por conseguir la voluntad de la gente, a buena cuenta conquistar al elector.

A pesar de la buena facha de Sánchez, cada vez parecen más difíciles de repetir aquellas arengas que dedicaba el público femenino en los ochenta a Felipe González, cuando en pleno discurso le interrumpían y al unísono soltaban el famoso: “Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo”. Eran aquellas masas unas más bien encandiladas que sabían reconocer más que una cara bonita, el liderazgo político de alguien que sabía mover sus emociones.

España se encuentra en una encrucijada mayor y no aparecen los hombres prominentes para hacerle frente; las respuestas de los dos partidos tradicionales más importantes de España no están convenciendo. Por un lado, el Partido Popular presenta a un Rajoy con una imagen más que desgastada; y por el otro, un Sánchez cuya inexperiencia y mala comunicación le están jugando una mala pasada que no le ha permitido aún despegar. Lo lamentable de la política española actual es que hay más de un ingrediente, harto conocido para los que venimos del otro lado del charco, para que comiencen a aparecer populismos insostenibles. Mucho ojo con el chico de la coleta, que se las trae… pero del “Podemos” de Pablo Iglesias ya escribiremos en otra oportunidad.