No lo hagas, por Javier Ponce Gambirazio

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Quédate un rato más. Nadie merece la victoria de tus sesos desparramados contra el pavimento. No regales esa renuncia. Ninguno de los que te atacan está a la altura de tu dolor. Traga saliva y vomita. Grita y llora, pero aguanta. No claudiques. Te hablo desde el mismo borde donde me senté, aturdido por el mismo desconcierto, esperando que el viento hiciera su trabajo y me empujara de una buena vez, porque me cagaba de miedo de hacerlo yo mismo. Porque también soy un cobarde y ya no me da vergüenza decirlo. Pero además de miedo, tenía mucha rabia. Felizmente la furia fue mucho mayor y con el tiempo emprendí el trabajo de mostrarle a los demás que no soy una cosa podrida que se deja aplastar tan fácilmente.

Al igual que tú, a los catorce años miré esta ciudad inmunda desde la azotea, imaginé mi velorio y me vi disfrutando de las lágrimas culpables, creyendo que el suicidio era un asesinato con mala puntería. Una sola bala con muchos objetivos. Pero ninguno se daría por aludido. Ahí estarían todos, incluso los que no había invitado. Compungidos y tarados. Desobedeciendo mis instrucciones. Porque dejaría una lista de invitados que sabía que nadie respetaría. Igual que mi prohibición respecto a ceremonias religiosas. Nada de cruces ni curas. No quería a ninguno de esos tipos que justificaban lo que me había llevado hasta ahí.

Tampoco lo hubiera creído. Pero hubiera sido maravilloso que alguien se tomase el trabajo de decirlo. Tranquilo, muchacho, la vida mejorará. No importa si se trataba de una mentira. Los adultos siempre mienten. Pero sabes una cosa, a veces decimos la verdad. Y aferrado a esa duda, te suplico que sigas peleando, que no abandones la partida, porque entre otras cosas, no podrás defenderte.

Te culparán. Te insultarán. Te reprocharán por no haber pedido ayuda, como si ellos hubiesen sido capaces de dártela. Olvidando que eran parte del problema. Y nunca aprenderán nada. No podrás siquiera enseñarles a respetarte. Y lo volverán a hacer, con otro chico, en otro lado, repetirán su necesidad de sentir poder. Es un juego bastardo que entenderás con el tiempo, cuando ya nadie te pueda dañarte y caigas en la cuenta de lo innecesario, del desperdicio, del vaso de agua en el que se convertirá el océano en el que hoy te ahogas.

No tendrías que estar ahí. A punto de perderte todos esos besos que no darás, las palabras de amor, las borracheras, las fantasías, las risas incontenibles cuando encuentres gente como tú, los abrazos y esa urgente necesidad de recuperar el tiempo perdido festejando todo, celebrando la vida en todas sus esquinas y esas canciones favoritas que todavía nadie ha compuesto.

Luego se acostumbrarán a tu ausencia. Te deformarán hasta convertirte en alguien completamente distinto. Traicionarán lo que fuiste, negándote, cubriéndote de nuevos disfraces, volviéndote a colocar la máscara que con tanto placer te arrancaron a patadas. Tus fotos no podrán quejarse. Y ese único gesto de libertad, perderá toda su fuerza.

Alguien más ocupará tu habitación y tu carpeta. Tu ropa se diluirá entre la piel de los niños pobres, como esa sirena carcomida por la humedad del tanque de agua. Para liberarse de la culpa, harán caricaturas de lo que fuiste, de lo que les hubiera gustado que seas. Muy pronto los silencios desaparecerán y los gritos del patio se comerán tu recuerdo. Nadie te volverá a nombrar y casi sin darse cuenta, habrán encontrado a un nuevo chico a quien insultar. Y tu muerte no habrá servido de nada.

Imagen: DAVIS PÉREZ

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