No me importa, por Javier Ponce Gambirazio

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No me importa si mi abogada es lesbiana. De ella preciso que maneje mis asuntos legales con rapidez y efectividad, redacte contratos y me defienda de posibles estafas; no que se vaya a la cama conmigo. Me interesa que domine la legislación, litigue de manera acertada y cuide mis intereses. Puede estar enamorada de una señora, un florero o una cebolla. Me da igual. En nuestra relación, cuentan su competencia y desempeño profesional. Su sexualidad o la mía no forman parte del acuerdo.

No me importa si mi mecánico es un hombre trans. Como nuestro vínculo es laboral, exijo que sepa usar las herramientas y esté al tanto de los adelantos técnicos para resolver los problemas con rapidez y eficacia. Tampoco quiero que la reparación me cueste un ojo de la cara; por eso es indispensable que sea honrado, que no invente inconvenientes donde no los hay ni me robe piezas del motor. No me afecta a quien ama cuando deja el taller; para solucionar estos embrollos, me atañen su experiencia y su integridad.

No me importa si mi fotógrafa es una mujer trans. De ella me interesan sus fotos. Que haga excelentes encuadres, que componga de manera hermosa y que maneje la luz y la sensibilidad de la película a la perfección. Me conciernen su sentido estético, su propuesta plástica y su capacidad para escuchar lo que estoy buscando. No me toca enterarme si ejerce su sexualidad o vive en la abstinencia. A ella le pago para que domine las destrezas fotográficas y resuelva con creatividad y calidad el trabajo que le encargo. Nada más.

No me importa si mi médico es gay. Quiero que me cure. ¿Alguien podría fijarse en otra cosa? Es obligatorio que se haya quemado las pestañas investigando, que esté actualizado en los últimos descubrimientos científicos, que haya desarrollado un magnífico ojo clínico que le permita identificar los síntomas, dar con el diagnóstico preciso y decidir la terapia más acertada. No me afecta si luego se acuesta con un hombre o una mujer. Si es el mejor médico, lo elijo a él. Tendría que ser muy obtuso para escoger a otro médico mediocre, con tal de que sea heterosexual. Mi salud vale más que cualquier prejuicio.

No me importa si mi arquitecta es bisexual. Pretendo esté dispuesta a dar suficientes vueltas a los planos hasta diseñar un espacio funcional que satisfaga mis necesidades. Que no tenga miedo de arriesgar ni de escuchar mis propuestas. Que no desperdicie metros cuadrados en pasadizos innecesarios y sepa llegar a un acuerdo entre los acabados que proponga y mi presupuesto. Que entregue el proyecto a tiempo y que el resultado sea cómodo, sobrio y útil; no una majadería que pase rápidamente de moda.  ¿Todavía cabe preguntarse si sirve de algo la sexualidad en el campo laboral? Creo que, a menos que se haga porno, no sirve de nada.

No me importa tampoco la sexualidad de mis amigos, de mis padres, de mis hermanos, de mis sobrinos, de mis primos, de mis tíos, de mis hijos, de mis vecinos, de mis enemigos, de mis socios o de mis empleados. Mucho menos de los desconocidos que caminan por la calle. Porque la relación con todos ellos no está basada en la sexualidad. No los acompaño a la cama. Jamás. No me importa el color del gato. Y si a ti te importa tanto, si crees que ellos no pueden separar su propia sexualidad sin mezclar las cosas, es porque quizás seas tú quien no puede hacerlo. Entonces el peligro eres tú.

Foto: GLADYS ALVARADO JOURDE

 

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