No puedo más, por Javier Ponce Gambirazio

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Toda la vida me han despreciado, sin que yo le haya hecho daño a nadie. Como si no bastara con nacer atrapada en un cuerpo ajeno. Por eso me daba tanta rabia este dios que por un lado se equivocaba dándome un cuerpo que no me correspondía y por el otro, servía para justificar tanto fanatismo. Siempre me ha asustado la gente que está tan convencida de algo. Me pregunto qué esconderán realmente esos odios. Quizás, a la gente que se ocupa de la cama ajena, no le funciona bien la propia.

Los peores son los católicos que, además de atrasados y prepotentes, tienen pésimo gusto. Porque no creo que Dios pueda estar representado por gente tan mal vestida. Pero lo que más odiaba de esa religión era que no me dejaban dormir en paz. Tanto que hablan de la paz sea con vosotros para terminar ensordeciendo a todo el barrio con sus campanadas. ¿Se imagina trabajar todo el sábado y que a las siete de la mañana del domingo comiencen con el numerito de las campanadas? ¿Acaso estoy incluida en su celebración? No gracias, ni invitada. Además, corro el peligro de volverme sorda. Eso sería una tragedia. ¡No podría escuchar a Yma Sumac!

Cuando salga de la cárcel, voy a formar mi propia religión en la que adoraré a mi divinidad todos los martes a las cuatro de la madrugada con bombos, tubas y tambores. Alegaré el mismo derecho que tienen los curas para imponerte el escandaloso ruido de su liturgia. Sarta de anormales. Primero se arrodillan en silencio, convierten la hostia en cuerpo y el vino, en sangre. Hasta ahí, magia barata. Luego se ponen en fila y cantan canciones para alegrar el festín antropófago. Un horror. Personalmente, considero muy degenerada una religión que te obliga a comerte a tu dios.

Ya me puse seria. Es que además me hierve la sangre que mi mamita se haya cegado con esta farsa sosteniendo que yo era un pecador, un escándalo y tanta tontería que le metieron estos desgraciados en la cabeza para poder robarle su dinero con el cuento de la limosna, las misiones, las donaciones. Rateros. A la pobre se le ha ido la vida sin aprender a perdonar, ni a entender que a mí también me hizo Dios, el mismo que la hizo a ella. Me da rabia, pero a pesar de todo, todavía la quiero. A una madre no se le puede dejar de querer. Y no porque exista un mandamiento, sino porque me da la gana de amarla, pudiendo renegar de ella.

Me indigna. ¿Te das cuenta? Para los vaticanos la única manera de expresar el amor a Dios es penetrando mujeres. No amando, ayudando, orando, reconstruyendo el mundo. No. Simplemente hay que meterla en una vagina. ¡Y listo! Luego a hacer lo que uno le dé la gana. Incluso matar maricas, si se puede. Hay indulgencias a cambio.

Son los primeros en separar el sexo de la espiritualidad impidiendo que sus curas se casen, pero luego los mezclan de una manera tan grosera que no sé si reírme o salir con una granada metida entre las piernas a abrazar al papa y que todo reviente de una buena vez. Espera que respire un segundo. ¡No puedo más! Te lo diré sin adornos. No veo las horas que se descubra que Dios no existe, para que estos curas malditos se queden en la calle y sin trabajo. Como nosotras.

 

Foto: MARÍA EUGENIA TRUJILLO